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Tendencias digitales: ¿qué son los twitchers y streamers?

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Diciembre
31 / 2020

Si los youtubers fueron los personajes de la virtualidad en años anteriores, los twitchers son los protagonistas del momento. Conozca más sobre ellos.

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Diciembre
31 / 2020

Si los youtubers fueron los personajes de la virtualidad en años anteriores, los twitchers son los protagonistas del momento. Conozca más sobre ellos.

E ste es el escenario más frecuente: un diestro jugador de World of Warcraft –o cualquier otro juego de rol en video– lleva ocho horas de transmisión en vivo ante 27 mil espectadores que lo siguen, en directo. Todos desde sus teléfonos o tabletas en diversos lugares del mundo, a través de alguna plataforma de streaming.

Otra escena usual es la de alguna mujer joven que transmite en tiempo real desde la intimidad de su cuarto. Cinco, seis o siete horas de ocio y conversación con los desconocidos que entran a su canal para verla, admirarla, criticarla o conversar con ella. Claro, también hay clases de cocina, prácticas de yoga, sesiones de baile en vivo.

No es nuevo que la gente revele, con video en vivo, momentos y detalles de su vida personal. Empezó después del año 2000. Cuando la velocidad en internet permitió la transmisión de contenidos más pesados y facilitó las descargas para ver videos en vivo. A medida que la tecnología admite mayor velocidad de transmisión, la producción y consumo de contenidos en vivo ha aumentado de forma acelerada. El encierro de 2020, debido a la pandemia de COVID-19, potenció el efecto.

Para tomar solo el caso de Twitch –la plataforma de streaming más conocida en el momento y de donde se deriva el término twitcher– las visualizaciones aumentaron a 5 billones de horas vistas entre abril y junio, 60 % más de lo registrado en el mismo periodo de 2019, según el medidor Stream Elements. Además, la plataforma tiene un promedio de dos millones de espectadores diarios. También hay más de seis millones de streamers (quienes transmiten) por mes, según datos del sitio Twitch Tracker.

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Twitch, fundada en 2011 y adquirida por Amazon –sí, otra vez Amazon– en 2014, por 970 millones de dólares, es gratuita para los usuarios y funciona con publicidad de anunciantes, aunque también se puede pagar suscripción y tener ciertas ventajas adicionales.

Aunque a estos jóvenes streamers se les conozca como twitchers, en realidad hay otros espacios que permiten la transmisión de video en vivo y todos son similares. El usuario produce contenido que emite en vivo y otros se conectan para verlo y aumentar su popularidad. Adicionalmente, plataformas diseñadas para otro tipo de interacciones, como Facebook e Instagram, ya han incorporado la posibilidad de hacer la transmisión en vivo y los expertos en tecnología presagian que se volverá una práctica masiva en los próximos años.

Pero ¿qué hace que alguien quiera transmitir en vivo durante siete horas o que desee compartir con cientos, miles y hasta millones de desconocidos apartes de su vida personal? El fenómeno es complejo, pero hay nociones que pueden ayudar a explicarlo, al menos parcialmente.

El imperio de la imagen

La inmediatez, la conexión con pares, la accesibilidad, la posibilidad de formar parte de una comunidad, el tedio, todas estas son razones por las cuales la gente se conecta para emitir o ver contenidos en vivo. Pero hay explicaciones más profundas.

El sociólogo y comunicador boliviano Eduardo Rojas es presidente de la fundación Redes y coautor de la plataforma Violencia Digital. Según Rojas, el perfeccionamiento de la producción de imágenes con tecnología digital por parte de la industria cultural a partir de la década de 1970 llevó a la proliferación de contenido en imágenes –imágenes editadas, con efectos especiales y más tarde interactivas– y esto condujo al imperio de la imagen en la sociedad de la información.

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“La manera tradicional en que se producen las representaciones sociales es a través de procesos de enseñanza-aprendizaje, que se realizan en todas las escuelas del mundo por medio de la lecto-escritura. Aprendemos a ver e interpretar el mundo por el texto. El padre de la semiótica, Ferdinand de Saussure, estableció que el sentido se produce cuando aprendemos a interpretar el significado (texto) y lo sopesamos con el significante (imagen)… Pero ya no vivimos en el imperio del texto, sino el de la imagen, lo que nos llevó junto a mi equipo de investigadores a un descubrimiento que denominamos como la inversión semiológica del sentido”, explica.

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En otras palabras, ahora se produce sentido, primero a través de la imagen y luego, con suerte, se complementa ese sentido con el texto. “El cerebro humano en el siglo XXI interpreta y crea sentido a partir de las imágenes restando importancia al texto”, asegura Rojas.

Para este estudioso, esa inversión es una explicación científico-filosófica que permite entender por qué las personas en el siglo XXI están embelesadas con la transmisión de contenidos en tiempo real y en su “imitación”, reforzada a través de estrategias de marketing.

En este impulso de imitación interviene, según el experto, el aprendizaje por imitación, propio de los seres humanos. Gracias a las neuronas espejo, descubiertas por Giacomo Rizzolatti en 1992, cuando vemos una imagen en movimiento, en nuestro cerebro se encienden las mismas neuronas que se activan en quien ejecuta dicho movimiento.

Mirada difusa

Por otra parte, se debe recordar la relación que los seres humanos contemporáneos tenemos con la privacidad, la intimidad y el concepto de lo público. Daniel Gavalo, experto en Educación y en Tecnologías de la Información, lleva años de trabajo con jóvenes en prevención de riesgos informáticos en Colombia.

Según el experto, muchos niños antes de nacer ya tienen dos mil likes. Hay niños que antes de llegar a la adolescencia ya le han dado la vuelta al mundo convertidos en memes porque sus padres divulgaron una fotografía o un video gracioso. En una sociedad sin límites diáfanos entre lo íntimo, lo privado y lo público desde la misma infancia, ¿por qué sorprenderse de la tendencia cada vez más consolidada de transmitir la propia vida en vivo y en directo?

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“Hay otros aspectos que influyen en el auge de las transmisiones en vivo de contenidos producidos por el usuario. Vivimos inmersos en la sociedad del escándalo; hay un afán por compartir lo que hago en todo momento; la comunicación digital es un ruido incesante en el que no se permite el silencio, pues allí carece de sentido. La gente publica lo que piensa, discute por cualquier tema y hasta divulga sus más íntimos pensamientos y sentimientos, como ‘hoy me desperté tan gris como el cielo bogotano’. Es lo que llamamos la mirada difusa: una dificultad para ver la diferencia que hay entre las esferas íntima, privada y pública”, anota Gavalo.

A pesar de todo esto, Gavalo es un gran optimista frente al uso de la tecnología. Para él, la fiebre no está en las sábanas. La tecnología es parte innegable de la vida humana y continuará desarrollándose. Pero el uso de esa nueva tecnología requiere otro tipo de usuarios: más informados, más responsables, menos ingenuos y con un propósito de vida lo suficientemente sólido para no ser arrasados por el streaming.

El analfabetismo digital no es una opción

“Es necesario reconocer todos los factores de riesgo a la hora en que nos conectamos a internet; nos conectamos con un montón de desconocidos. Podemos encontrar comentarios negativos o contenidos inadecuados para los niños y adolescentes y tenemos que desarrollar factores protectores para todo eso. De la misma forma que cuando salimos sabemos que debemos mirar a los dos lados de la calle antes de cruzar o que no debemos aceptar cosas de extraños”, expresa el experto.

Para él, la fiebre por el streaming no solo tiene que ver con la posibilidad tecnológica de transmitir, como lo vivimos en la pandemia, durante la cual quedó demostrado que, prácticamente, todas las relaciones se pueden tejer desde la tecnología (educación, trabajo, relaciones sociales y afectivas), sino que tiene el componente atractivo de que los jóvenes hoy son dueños de su propio contenido y pueden ver lo que ellos elijan.

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“No hay un medio que les diga lo que tienen que ver, hay una democratización en la producción y consumo del contenido. Ellos no son usuarios pasivos, como lo éramos antes, de lo que pasara un canal de televisión, sino que son productores y consumidores de información. Yo dudo mucho que un joven hoy se siente frente al televisor o al computador y se aguante diez minutos de comerciales”, explica Gavalo.

Ese carácter más democrático en cuanto a la elección de los contenidos –y no en cuanto a las inequidades en el acceso a la tecnología que subsisten en regiones del mundo como América Latina– es un potente impulsor de la transmisión en vivo. Para Gavalo, resulta importante que los cuidadores, padres y adultos en general se acerquen al fenómeno sin asumir el papel de jueces.

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“Tenemos que ponernos los lentes de ellos. Mucha gente pregunta para qué ven un videojuego, por qué no lo juegan. Bueno, por lo mismo que tú te sientas a ver un partido de fútbol, por entretenimiento. O porque no tienen los recursos para comprarse el juego de moda. O porque quieren descubrir cómo un jugador hace determinada cosa en un juego que les gusta”, agrega el experto. Para él, el analfabetismo digital no debe existir ni siquiera como concepto, porque anula la posibilidad de aprender que tenemos todos, adultos o jóvenes.

Sin embargo, Gavalo dice que lo importante es canalizar ese interés y esa capacidad de los jóvenes hacia la producción de contenidos más productivos intelectual y emocionalmente. “Yo, como padre, ¿puedo permitir que mi hijo esté ocho horas en una transmisión sin sentido? Tengo que estar ahí, tengo que hacer acuerdos claros sobre el uso de la tecnología: dónde, cómo, cuándo, por cuánto tiempo, con qué objetivo”.

La cercanía e interacción con los padres es fundamental en el uso que los niños y jóvenes hacen de la tecnología. La psicóloga estadounidense Jean Twenge, quien ha estudiado los efectos de las tecnologías digitales entre los millennials y en lo que ella llama la generación iGen (nacidos después de 1995 y que han crecido con un teléfono inteligente en la mano), realizó junto con sus colegas una encuesta entre adolescentes sobre el uso de la tecnología durante la pandemia.

Los hallazgos fueron inesperados. Aunque asistieron al colegio online y usaron más las plataformas para conectarse y hacer videollamadas con amigos y familiares, no hubo un incremento de la depresión entre adolescentes (algo que ha estado ligado al uso de internet en los estudios más recientes). Según la investigadora, esto se debe a que los adolescentes durmieron más horas de lo acostumbrado (al no tener que madrugar para ir al colegio). Además, compartieron más tiempo con sus familiares (al estar todos confinados en casa). Buen dormir y óptimas relaciones
refuerzan sentimientos positivos.

Suena obvio. Pero en sociedades en las que los niños de dos años necesitan tener una tableta en la mano para poder comer mientras ven dibujos animados, hay que repetirlo: garantizar una vida saludable en el mundo análogo –dormir, comer, hacer deporte, pasar tiempo con personas, hacer uso adecuado de la tecnología de acuerdo con la edad– puede actuar como protección frente a aspectos como, por ejemplo, la adicción a internet.

Solo así se podrán multiplicar los casos positivos del uso de la tecnología digital. “Hay miles de jóvenes creando contenidos excelentes, como Faber Burgos, el colombiano que lanzó un globo a la estratosfera y que hace experimentos interesantes. Muchos más de ellos han entendido el papel de redes sociales y de las plataformas digitales en lo que tiene que ver con el conocimiento; pasar del simple ocio al aprendizaje”, concluye Gavalo. Será eso o perdernos en el océano de contenidos sin sentido, producidos para matar el tiempo y, de paso, nuestro sentido crítico.

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