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Tinta e identidad: historias detrás de los tatuajes

Aunque en el pasado eran vistos con recelo, ahora son una marca de identidad personal cada vez más común.

Foto: Kevin Bidwell / Pexels

Aunque en el pasado eran vistos con recelo, ahora son una marca de identidad personal cada vez más común.

T uve mi experiencia más cercana con los tatuajes hace cuatro años. Era, en ese entonces, el cantante de una banda de rock alternativo. Pero, con un éxito modesto que nos permitía viajar por diferentes ciudades del país.

Los otros músicos de mi banda estaban tatuados, y yo pensaba que era cuestión de tiempo hacerme uno. En Bucaramanga, Colombia, un día después de una presentación, terminamos un largo almuerzo en el Club Campestre con un par de botellas de whisky.

Cuando al caer la tarde ya estaba borracho como una cuba empezamos a hablar del tema. Mi amigo N. acababa de llegar de Argentina.  Allí se había retocado uno del brazo izquierdo y se había hecho uno nuevo en el derecho. Yo, pensando con esa claridad que sólo da el alcohol, decidí que era el momento perfecto para hacerme yo también un tatuaje.

Tomamos un taxi y fuimos hasta Rock City, una sala bar de arte corporal. A medida que nos acercábamos empecé a dudar sobre la conveniencia de hacerme uno en un estado tan deplorable. Sin embargo, mis amigos trataron de mantener mi intención con argumentos infalibles como: “vamos” y “ya estamos aquí”.

Cuando llegamos a la puerta preguntamos los precios. Para mi fortuna, con mucha educación y respeto nos dijeron que no éramos bienvenidos en el lugar. Estoy seguro de que eso me salvó de levantarme al día siguiente con una payasada inventada por mis amigos, tatuada para siempre en cualquier parte de mi cuerpo.

Creí que esa sería mi última oportunidad para tatuarme en la vida. Pero, hace un par de meses la directora de esta revista me llamó para proponerme que escribiera “cómo es hacerse un tatuaje”. Según ella, estas improntas son definitivas para mi generación, y no se equivoca. Nosotros crecimos viendo cambiar el paradigma sobre estos grabados de tinta en el cuerpo.

¿Cómo ingresaron los tatuajes en la vida familiar?

TatuajesFoto: Marcelo Chagas / Pexels

En Estados Unidos, en los ochenta y aquí en los noventa, el arte corporal dejó de ser una marca de las clases bajas. Se convirtió en una forma de expresión, primero para músicos y artistas.

Posteriormente, se extendió para cualquier persona común y corriente. Algo inconcebible para generaciones anteriores que sólo veían tatuajes en marineros, ladrones y bailarinas exóticas o, como me lo dijo mi abuelo muy elocuentemente cuando a los quince años mencioné que me parecían bonitos, “Mijo, esa vaina es para las putas y los presos”.

Si mi abuelo todavía estuviera vivo tendría que enfrentar una realidad muy diferente. Uno de sus nietos (que no es ladrón, estudió en el Gimnasio Moderno, uno de los colegios de clase alta en Colombia, y se graduó como ingeniero de sonido en Argentina) y una de sus cuñadas (que no es prostituta sino abogada con múltiples especializaciones) tienen tatuajes. Además, no son los únicos.

En total cinco miembros de mi familia directa (dos tías, dos primos y una prima) tienen uno para siempre impreso en su cuerpo.

Una de ellas se lo hizo porque sus hijos la retaron. Su hijo mayor empezó a tatuarse y ella comentó que le parecía atractivo. Por eso, sugirió que le encantaría seguir su ejemplo. Sus hijos se murieron de la risa y le dijeron que ella jamás sería capaz. Es más, se ofrecieron a pagárselo. Como no hay nada peor que retar a una madre, un par de semanas después estaban pagando una mariposa en tintas indelebles de varios colores.

Mi otra tía también tiene uno de mariposa, pero su historia es muy diferente. Hace veinte años, a principios de los noventa, cuando tatuarse era más común en Europa que en Latinoamérica, estaba pasando la tarde con sus excompañeras de universidad.

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Su hermana estaba recién llegada de Ibiza en donde se había hecho uno. Ella se lo contó a sus amigas abogadas, a las que ya se les habían subido los vinos a la cabeza. Terminaron en una sala eligiendo diseños para lucirlos. Mi tía escogió rápidamente uno que hoy en día le parece lo más tonto del mundo y absolutamente carente de significado. Un par de horas después salió estrenando un insecto alado en su piel.

De todas las personas tatuadas con las que hablé, ella es la única que se arrepiente. Acepta con buen humor que no lo pensó muy bien. Debe recordar su decisión cuando sale de vacaciones. Cada vez que utiliza su vestido de baño el tatuaje queda a la vista de todo el mundo.

“¿Qué habría dicho tu papá si te lo hubiera visto?”, le pregunto. “Me habría ahorcado”, contesta. Él, como casi todos los de su generación, no lo hubiera aceptado.

Quince años después de tatuarse su insignificante mariposa, mi tía tuvo que enfrentar a su hijo de 16 años, que quería marcarse la piel. Arrepentida por su experiencia previa, le pidió esperar dos años más para que ella no tuviera que autorizarlo. Así la responsabilidad sería directamente de él. Ningún tatuador legal puede marcar a un menor de edad sin la autorización de sus padres.

Mi primo no lo hizo cuando cumplió 18 años. Se decidió un par de años más tarde cuando se fue a vivir a Argentina. Tiene tatuado un enorme mantra en sánscrito que cubre la mayor parte de su antebrazo izquierdo. A sabiendas de que la mariposa de su mamá no tiene mayor importancia, decidí preguntarle por el significado de su tatuaje. Me encontré con una respuesta que se repetiría, en diferentes variaciones, entre todos los entrevistados.

Era la marca de un acontecimiento notable en su vida. Irse a vivir lejos de Colombia terminaba con la época de niño protegido de su casa. Allí inauguraba un nuevo capítulo de libertad e independencia. Tatuarse un mantra hindú de protección fue para él la forma de marcar ese cambio. Además, de sentir que algo más grande que él lo cuidaría de ahí en adelante.

Mi tía vio el tatuaje y quedó aterrada por el tamaño. Sin embargo, para mi primo habría sido inconcebible hacerse uno más pequeño. Hace unos 15 años un hombre podía hacerse uno pequeño en el hombro y considerarse un rebelde. Hoy en día, a medida que se hacen más comunes, un pequeño tatuaje ha dejado de tener relevancia. Puede ser considerado una mediocridad.

Actualmente, uno que cubra un espacio inferior a diez centímetros cuadrados es una nadería. En lugar de demostrar rebeldía y seguridad personal termina dando el mensaje contrario.

Tatuajes e identidad:

Foto: Guy Kawasaki / Pexels

Para hablar más del tema del tamaño llamé a mi primo J. De mis cinco familiares tatuados, él se lleva de lejos el premio al más osado y adicto al tema. Todo su brazo derecho, medio brazo izquierdo, una gran parte de su pecho y parte de su cuello están cubiertos por tintas de varios colores.

Hace quince años habría sido un freak de circo. Podría haber hecho una carrera en ferias como el hombre tatuado. Ahora, es sólo uno más de los miles de aficionados que serán enterrados cubiertos por un vestido completo y indeleble. Un manto creado con pequeñas cicatrices de agujas clavadas en la piel.

Cuando le pregunté por su número de tatuajes trató de hacer la cuenta. Luego de pensarlo por un segundo decidió simplificar las cosas. “Yo lo que pienso es que tengo cuatro: uno en cada brazo, uno en el pecho y otro en el cuello”.

Para él, cada figura que va añadiendo completa un enorme dibujo y cada diseño se va integrando al anterior. Su cuerpo es una obra de arte inacabada a la que varios artistas irán aportando nuevas creaciones. Porque en esta época los buenos tatuadores son considerados artistas.

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Luego de hablar con mi familia busco a mis amigos. Más de la mitad están tatuados. Algunos (rockeros y artistas) empezaron en el colegio. No obstante, en los últimos años todo tipo de personas han recurrido al arte corporal: mis amigas comunicadoras, un par de ingenieros, una profesora de yoga, un publicista. Quiero escuchar las historias detrás de cada uno de ellos porque aunque ahora se han masificado, no dejan de tener significados especiales.

Foto: Wellington Cunha en Pexels

Afortunadamente las personas que se los hacen tienen un pequeño exhibicionista por dentro. Uno que muere de ganas de contar sus secretos más profundos:

“Este dragón me lo hice cuando me divorcié, para recordar mi fuerza personal”; “Este tribal me lo hice cuando recién regresé a Colombia para recordar que estaba de vuelta en casa”; “Este es una frase en árabe, me la hice cuando tuve un despertar espiritual”.

“Este es el número del cuarto del hotel en el que crecí cuando mi papá era gerente del Hotel Dann”; “Esta brújula me la tatué cuando andaba sin rumbo por la vida para recordar que no podía seguir así para siempre”. “Esta es la cara de mi abuelo, me la tatué cinco años después de su muerte cuando empecé a olvidar su rostro”.

Las razones de mis amigos para tomar la decisión de hacérselos son profundas. Tienen que ver con momentos intensos de sus vidas. Eso me hace alegrarme de no haberlo logrado en esa etílica noche en Bucaramanga.

Sería patético: “Este Pato Donald me lo hice borracho y no me acuerdo por qué”. Tal vez por ese mismo motivo, por cobardía y por las prejuiciosas palabras de mi abuelo que resonarán para siempre en mi cabeza, decidí no hacerme un tatuaje para este artículo.

Pensé que no tener un tatuaje me hacía un tipo raro en mi generación, pero no es así. Si algo caracteriza al mundo de hoy es la diversidad. Tal vez el 60 por ciento de mis amigos tienen uno escondido o evidente. Aunque meter en el mismo saco a los que se han tatuado medio cuerpo con las niñas que tienen uno pequeño en la nuca no tiene ningún sentido.

Lo que sí se puede afirmar es que mi generación fue la primera que creció sin prejuicios frente a estas marcas corporales. También gracias a la tolerancia de nuestros padres. Eso no quiere decir que todos salimos corriendo a hacernos uno. Quiere decir que, en teoría, dejamos de juzgar a la gente por tenerlos o no y esa es una gran revolución cultural.

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Octubre
17 / 2020

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