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¿Qué pasa por la cabeza de los antivacunas y terraplanistas?

¿Por qué hay gente que desconfía de la ciencia pero cree en teorías que encuentra en la red? Diners conversó con varias personas para entender este singular fenómeno.

Foto: Anna Shvets - Pexels / Elena Schweitzer- Shutterstock

¿Por qué hay gente que desconfía de la ciencia pero cree en teorías que encuentra en la red? Diners conversó con varias personas para entender este singular fenómeno.

L os antibióticos matan bacterias mortales y salvan vidas; los aviones desafían la ley de la gravedad y atraviesan continentes cargados de pasajeros; descifrar el genoma humano ha permitido avanzar en el tratamiento de enfermedades hereditarias; internet, literalmente, conectó al planeta. Así piensan los antivacunas y terraplanistas, a pesat de los avances generados por la ciencia que han mejorado la vida de los seres humanos durante los últimos cien años, podrían llenar varias páginas.

Sin embargo, los brotes anticiencia mantienen vivos algunos movimientos que desafían el conocimiento que hemos construido los humanos, a partir de la experiencia, en varios temas. Están, por ejemplo, los creacionistas, que rechazan la teoría científica de la evolución o los negacionistas del cambio climático.

Pero dos corrientes que desafían abiertamente las nociones respaldadas por la ciencia llaman la atención, una por absurda y la otra por su impacto sobre la salud pública: el terraplanismo y el movimiento antivacunas.

“Un montaje de la Nasa”, dicen los terraplanistas

Sí, los terraplanistas creen que la Tierra es un disco circular y plano. Y que el Sol y la Luna giran sobre este disco. Para ellos, las fotografías del planeta Tierra tomadas por los astronautas son imágenes falseadas en photoshop porque aseguran que el ser humano ni siquiera ha ido al espacio exterior. “Es todo un montaje de la Nasa en asocio con Hollywood”, dicen estos campeones en teorías de la conspiración.

El exrector de la Universidad Nacional y actual miembro de la Misión de Sabios, Moisés Wasserman, aclara que la ciencia, en su forma actual, tiene apenas 300 años de existencia y que gracias a ello, en el siglo XX, las revoluciones de la física y la biología molecular mejoraron notablemente la vida de los humanos. “Ha habido mejoras enormes. Antes, las nociones mágicas de la realidad eran las predominantes. Pero la psicología de la gente no va tan rápido como el desarrollo del conocimiento”, explica.

Un ejemplo de esto es la Sociedad de la Tierra Plana, fundada en 1956 y cuya sede actual está en California, Estados Unidos. Esta organización, que defiende que la Tierra no es esférica sino un plano con los continentes ubicados en torno a un centro polar y con una pared de hielo que circunda los bordes del disco a manera de barrera impenetrable, hoy tiene seguidores alrededor de –¿o sobre?– todo el planeta.

¿Culpa de los youtubers?

Los youtubers terraplanistas, vigorosamente interconectados, promueven su creencia a través de videos caseros que muestran que el agua no se adhiere a superficies curvas o que el Sol no se oculta en un horizonte curvo sino que se aleja hasta hacerse invisible sobre la planicie terráquea.

Sus argumentos se desprenden del inventor y escritor inglés Samuel Birley Rowbotham, quien en 1849 publicó la obra Astronomía Zetética: la Tierra no es un globo, basada en una interpretación literal de algunos pasajes bíblicos. De ahí que existen los antivacunas y terraplanistas.

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Manuela Fernández, profesora asociada del Departamento de Filosofía y del Centro de Ética Aplicada de la Universidad de los Andes, afirma que la pregunta que se debe hacer frente a estos fenómenos es si la gente común y corriente en realidad alguna vez ha creído en la ciencia.

“Siempre ha habido debates entre la comunidad científica y las religiones, o las creencias populares de la gente, o la intuición, o el sentido común de las personas. Por eso corrientes como el creacionismo sobreviven. De hecho, cuando aparece la teoría de la evolución en el siglo XIX, ya habíamos pasado por la Ilustración, ya no creíamos que la Tierra estuviera en el centro del universo y ya la física newtoniana estaba muy articulada. Entonces, eso parece chocar de frente con las creencias religiosas del pueblo y se arma un debate muy importante que no ha terminado”, explica Fernández.

“No se trata de que no haya debate –aclara y continúa–, la ciencia está cimentada sobre la duda constante. Se trata de usar argumentos sustentados por evidencias para discutir y no por dogmas o intuición”.

Un mundo sin vacunas

El caso de las vacunas tiene matices muy diferentes a los terraplanistas. Los temores de los padres frente a la vacunación de sus hijos han sido legítimos en determinados momentos de la historia. Por ejemplo, en 1955, un laboratorio elaboró erróneamente una vacuna que tenía el virus activo de polio que causó la enfermedad a 40 mil niños en Estados Unidos. Como este, se han presentado otros hechos aislados con efectos secundarios graves.

En 1988 la revista científica The Lancet publicó la supuesta investigación de un médico británico que vinculaba la vacuna contra el sarampión con el aumento de casos de autismo. Aunque después se descubrió que el “estudio” había sido totalmente inventado por su autor, el daño ya estaba hecho. Pero después del perfeccionamiento de las vacunas durante el siglo XX, hoy el planeta es un lugar más seguro para los niños gracias a este avance médico.

“No vacuné a mi hija, soy antivacunas”

La desconfianza, más en las farmacéuticas que en la ciencia en sí, ha motivado a la ingeniera forestal, Lina Echavarría, a no vacunar a su hija menor, quien vive en una finca adquirida por ella y su compañero junto a otras ocho familias que trabajan en Silvania, Colombia, para proteger un área de la deforestación.

Como madre de tres hijos, Lina se cuestionó mucho el uso de vacunas: tuvo a sus hijos por parto natural en casa y se ha esforzado porque ellos tengan un estilo de vida saludable en medio de la naturaleza. A su primer hijo lo vacunó y a su segundo solo le puso algunas. Pero a su hija menor nunca la ha vacunado y sostiene que es la más saludable de los tres.

“¿Cómo podemos estar seguros de que lo que nos dicen las farmacéuticas es lo que en realidad necesitamos? ¿O cómo podemos estar persuadidos de que los componentes que les ponen a las vacunas son seguros? Nuestra decisión nace de la desconfianza frente a esta industria, además de considerar que los factores ambientales en medio de los cuales vivimos influyen mucho más en la salud de nuestros hijos”, afirma Lina.

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¿Por qué pasa esto?

Para Wasserman, los sesgos del conocimiento son responsables de que las personas, independientemente de su nivel de escolaridad, puedan adoptar posturas contrarias a la evidencia científica, como por ejemplo le sucede a los antivacunas y terraplanistas.

Por ejemplo, cuando se tiende a juzgar un tema por episodios excepcionales con los cuales se tiene contacto por casualidad. “Es el caso de la persona que se curó del cáncer porque tomaba un jugo de zanahoria todos los días. La tendencia es quedarse con ese dato, aunque en realidad no se sepa por qué se curó e ignorar que las otras 999 personas que tomaron el jugo se murieron, porque no se hicieron el tratamiento contra el cáncer que el médico prescribió”, explica.

Otro sesgo que influye sobre el pensamiento es el de la memoria cercana. Una adivina, por ejemplo, predice la muerte de cinco personajes públicos. Uno de ellos muere, pero no los demás. Sin embargo, la gente cree en los poderes adivinatorios con base en esa única muerte que ocurrió, pese a las otras cuatro que no se dieron.

Y también está el muy poderoso sesgo a la confirmación, que como lo explica la profesora Manuela Fernández, tiene que ver con la necesidad humana de creer más fácilmente en aquello que confirme lo que de antemano creemos. “A esto le sumamos la forma como las personas buscan información en internet; los antivacunas y terraplanistas recurren a fuentes cercanas a su forma de pensar y, además, los algoritmos favorecen que en las búsquedas le aparezcan a una persona determinadas cosas de acuerdo con su ubicación, nivel de escolaridad, estatus económico y social, etc. En otras palabras, encontramos la información que queremos encontrar”.

No existe la respuesta absoluta

Otro aspecto relevante implica que los humanos tenemos dificultad de lidiar con la duda. “La gente quiere respuestas absolutas, los hacedores de políticas públicas también las quieren.

El método científico no disipa al ciento por ciento la incertidumbre frente a una determinada pregunta, sino que recoge la mayor y mejor cantidad posible de información para ofrecer una respuesta. Por eso, la gente es escéptica frente a la ciencia y se convierte en antivacunas y terraplanistas”, puntualiza Fernández.

Wasserman afirma que estas corrientes aprovechan esa brecha que deja la ciencia o esas preguntas sin respuesta para defender sus posturas. “Creacionistas, negacionistas del cambio climático, antivacunas y terraplanistas son fenómenos diferentes y de origen multicausal, pero en casi todos ellos hay algunos rasgos parecidos: sostienen que como hay alguna falencia en un argumento científico, eso valida su argumento. Es decir, estos movimientos plantean una inversión en el peso de la prueba”.

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Agosto
24 / 2020