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Recordando a Nelson Mandela, el hombre que unió a Sudáfrica

Cada 18 de julio se celebra el natalicio de Nelson Mandela. Diners le cuenta la historia del hombre que dedicó su vida a combatir el apartheid.

Foto: GualdimG / Wikipedia Commons

Cada 18 de julio se celebra el natalicio de Nelson Mandela. Diners le cuenta la historia del hombre que dedicó su vida a combatir el apartheid.

S on incontables los líderes políticos alrededor del mundo que han sabido cómo sacar provecho de la popularidad de los deportes. Pero ninguno lo ha hecho con tanto tacto y ha tenido una comprensión tan genuina y a la vez simple del potencial de los deportes para construir una nación como Nelson Mandela.

De niño amaba correr. En su adolescencia aprendió a boxear. Mientras estuvo en la prisión de Robben Island, los partidos de fútbol lo mantenían cuerdo. Y cuando fue liberado y recibió el mandato de reconstruir una Sudáfrica rota y fragmentada por el apartheid, puso en práctica lo que él llamaba el poder de los deportes para unir a su pueblo.

Es un legado fenomenal ya que Mandela logró usar el poder de la mente para que, a través de jugar juntos y llevar la camiseta de un mismo equipo, los surafricanos aprendieran a ser una nación diversa y en paz consigo misma.

Los que tuvimos la suerte de conocerlo en los noventa, aprendimos a admirar su increíblemente audaz, y hasta infantil, confianza en los deportes para sanar divisiones tan profundas. Tanto el Mundial de Rugby de 1995, como la Copa Africana de Naciones de fútbol de 1996, el Mundial de Cricket de 2003 y hasta el Mundial de la FIFA en 2010, tuvieron como escenario tierra surafricana.

El espíritu y la razón

Estos eventos forjaron y moldearon una filosofía a través de la cual, jugando y apoyando al mismo equipo, la gente se podría dar cuenta de que la noción de dividir a hombres, mujeres y niños de acuerdo con el color de su piel no tenía sentido alguno.

Por supuesto, esta no era la visión de un solo hombre. Mandela creció en una nación deportiva antes de empezar su lucha contra el apartheid. Sin embargo, después de 27 años de prisión, su espíritu y su razón se mantuvieron intactos. Es un privilegio que los deportes fueran un principio y una herramienta tan importante en la forma de perdonar, e incluso olvidar, de Mandela.

“Los deportes”, dijo, “tienen el poder de cambiar el mundo. Tienen el poder de unir a la gente de una forma que muy pocas cosas lo hacen. Le habla a la juventud en un idioma que entiende. Los deportes crean esperanza donde antes había solo desesperación”.

Mandela usó este discurso en varias ocasiones, hasta pulirlo y desarrollarlo. Esto para incluir una referencia abierta a la eliminación de las barreras raciales y de todas las formas de discriminación. Sin duda, era la combinación de la mente de un abogado y del sentido del oportunismo de un político.

El momento en el que el equipo de rugby de Suráfrica ganó el Mundial de 1995, un año después de que Mandela fuera elegido presidente, siempre será visto como el ícono del deporte superando el apartheid.

Luchador por la libertad

Nelson Mandela, con la camisa verde y la gorra de los Springboks, entregándole la copa a François Pienaar, el capitán, se convirtió en un símbolo de unificación. Ahí estaba el líder negro, el luchador por la libertad, abrazando conscientemente al capitán rubio de un deporte que, hasta el momento, únicamente jugaban los blancos.

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Pero esto no pasó por casualidad. Pienaar fue invitado a tomar té con el presidente unos días antes de la final. El capitán se conmovió, y todavía permanece conmovido, por la experiencia de aceptación y de amistad con Mandela.

No se trató de un espectáculo para el público. Mandela actuó de la misma manera, y fue igual de genuino, con los jugadores de diferentes razas y de equipos menos famosos durante la Copa Africana de Naciones.

El origen de la paz

El fútbol era el deporte que se jugaba en Soweto y en otros municipios. Sin embargo, jamás se les prohibió a los blancos, que nunca fueron excluidos del juego. Ellos podían, y un par de valientes lo hicieron, jugar al fútbol juntos, incluso durante las épocas más aciagas del régimen. Y siempre los blancos eran aceptados exclusivamente de acuerdo con sus habilidades.

Una vez tuve la temeridad de decirle a Mandela que, por esta razón, el fútbol se había ganado el derecho de ser el juego de Suráfrica ya que había sido capaz de esquivar los prejuicios raciales. Él respondió que Suráfrica se postularía para los Juegos Olímpicos y para el Mundial de Fútbol cuando tuviera los recursos. De hecho, la Ciudad del Cabo compitió con Atenas para los Olímpicos del 2004, pero perdió.

Para el Mundial del 2006 Sudáfrica volvió a intentarlo. Pero, el comité escogió a Alemania por considerarla un destino más seguro. Suráfrica perseveró. Mandela estuvo personalmente involucrado, y tenía que estarlo, para ganar los votos y dar sus discursos prometedores sobre “el poder para cambiar el mundo” cuando se presentó personalmente ante el comité ejecutivo de la FIFA.

Sin embargo, Nelson Mandela no podía estar detrás de la postulación todo el tiempo, ni promoverla en medio de los juegos políticos internos que caracterizan el espantoso proceso selectivo de la FIFA para escoger dónde jugar su torneo de billones de dólares.

Por eso, Mandela escogió a Danny Jordaan, también un activista antiapartheid que había conocido durante sus días de estudiante, para dirigir la exitosa propuesta de realizar el Mundial en Suráfrica en el 2010.

La prueba de fuego

Cuando se necesitaba la perseverancia de Mandela, él estaba ahí. Y cuando ganaron la sede y se tomó la decisión de hacerlo, seis años antes del evento, Mandela dijo que se sintió como un quinceañero al que le acababan de entregar un sueño.

Ya viejo, y siempre delegando, Mandela sabía que esta era la prueba más grande para el carácter de una nación a la que Suráfrica se enfrentaría mientras él viviera.

El comité evaluó la capacidad no solo de Suráfrica, sino de toda África para alojar durante el torneo a 32 países por todo un mes: construir hoteles, aeropuertos, calles, recibir millones de extranjeros y edificar nuevos estadios gigantes. Algo que el país escasamente podía pagar.

Pero la gente, y Nelson Mandela, dijeron: “Ke nako”. Es hora.

El Mundial del 2010 estuvo opacado por una profunda tristeza: la trágica muerte en un accidente de carro de la bisnieta de Nelson Mandela de 13 años, Zenani, en la víspera de la ceremonia de inauguración. La tragedia le recordó a Mandela lo cruel que puede ser el destino.

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Justo antes, varios invitados habían pasado por la casa de Mandela en Johannesburgo a visitarlo:

Entre ellos estaba Cristiano Ronaldo. Ante el cual Zenani, literalmente, bailó de felicidad, emocionada por la visita del ídolo del fútbol.

Poco después Zenani se había ido. Mandela no llegó a la ceremonia de apertura la siguiente noche. Apareció en el estadio durante la final. Este fue su último compromiso público importante.

Nelson Mandela estaba frágil entonces, pero no de espíritu. Dijo una vez más: “Ke nako”. Y, la esencia de su discurso de despedida fue: “Lo hicimos”.

Y así fue. Sin él, seguramente nunca habría tenido lugar un evento deportivo como ese en tierra africana. Los deportes son simples, pero a veces se necesitan grandes líderes, seres humanos excepcionales, para entenderlo.

Este artículo  fue publicado originalmente en Revista Diners Colombia de julio de 2013.

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Julio
19 / 2020

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