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Violencia de género: ¿son útiles las redes comunitarias de ayuda?

Maltratos, feminicidios y agresiones sexuales. Esas cifras tampoco dan tregua. Analizamos el potencial (y las limitaciones) de estos grupos de acompañamiento.

Foto: mimpperu / Instagram

Maltratos, feminicidios y agresiones sexuales. Esas cifras tampoco dan tregua. Analizamos el potencial (y las limitaciones) de estos grupos de acompañamiento.

L a frase se expande, como los discursos bienintencionados y el virus. Apareció en algunos carteles con caligrafía infantil, pegoteados en las ventanas de la capital peruana y saltó rápido a las redes sociales: “No estamos encerrados, estamos protegidos”, repiten desde allí, como si se tratara de una consigna de resistencia.

Millones quieren creer. Es el consuelo que queda para sobrellevar ocho semanas de encierro y meses que ya se anticipan apretados.

Pero hay otros a los que ni eso les queda. A muchos —los que ya no tienen dónde o con qué sobrevivir la cuarentena— los hemos visto en las calles. Y hay otros —otras—, que descubrieron que estar en casa tampoco era sinónimo de estar a salvo.

 

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Una iniciativa para reflexionar juntos en aquellas situaciones cotidianas que se acercan al machismo y generan desigualdad.

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No es una novedad. Para las víctimas de violencia de género, el aislamiento social obligatorio aumenta los riesgos. A mediados de marzo, los especialistas ya habían alertado que la cuarentena, aunque era necesaria para detener el avance del Covid-19, podía incrementar los casos.

Por eso, la Defensoría del Pueblo le exigió al gobierno peruano reforzar las medidas de monitoreo y atención para las personas en riesgo, cuando el país experimentaba su segundo día de aislamiento.

Hoy, es la ministra de la Mujer y Poblaciones Vulnerables —Gloria Montenegro— quien habla de una pandemia paralela al coronavirus: la de la violencia de género. Y, desde diversos sectores, se ha reabierto el debate sobre la necesidad de impulsar más redes comunitarias de ayuda y seguimiento a las víctimas, paralelas al trabajo de las instituciones oficiales.

Aquí analizamos, junto a tres destacados especialistas, el potencial que tienen estas estrategias, las limitaciones que pueden enfrentar y algunas pautas para apoyar a las víctimas.

Violencia en tiempos de cuarentena

Por estos días, muchos dicen que su vida parece haber quedado en pausa. Sin embargo, esperar que los niveles de violencia hacia las mujeres, niñas y adolescentes disminuyan durante el aislamiento social obligatorio era, cuanto menos, ingenuo.

“Si hay un lugar donde se ha perpetrado históricamente la violencia es en el espacio privado. Es decir, en casa”, explica la abogada e investigadora Josefina Miró Quesada.

Por eso, la cuarentena invisibiliza aún más el problema y eleva los riesgos que tiene una mujer que convive con su agresor. “Es fácil decirle a una persona que se quede en casa, cuando eso representa un refugio. Pero esa no es la realidad de muchas mujeres”, subraya la especialista en Derecho de Género.

Es cierto: la inmovilización social obligatoria genera fricciones en todas las parejas. Pero la emergencia no debe utilizarse para minimizar o pasar por alto expresiones de violencia dentro del hogar. Parece algo lógico. Sin embargo, Miró Quesada habla de una cifra negra en las estadísticas oficiales, que se ha acentuado con la llegada del Covid-19.

“La Defensoría del Pueblo ha detectado esto en varias regiones”, cuenta la investigadora de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Por un lado, están los casos que no se denuncian. Pero también hay otro problema: el sistema de justicia se focaliza en los casos flagrantes, violaciones sexuales, tentativas de feminicidio y feminicidios. “Esto implica que no se está haciendo seguimiento a otros casos, por ser considerados leves o moderados”, detalla.

En este contexto, las próximas semanas podrían ser especialmente delicadas.

“En la medida que pasen los días de aislamiento las tensiones van a ser mayores y, en hogares donde hay actitudes violentas, el fenómeno puede empeorar”, anticipa Wilson Hernández Breña, investigador adjunto de GRADE en temas de violencia y género.

Una preocupación común

En las siete primeras semanas de aislamiento social obligatorio en el Perú se han registrado, según datos oficiales, al menos 162 violaciones —102 de ellas a niñas, niños y adolescentes— y siete feminicidios. Uno de estos crímenes —el triple asesinato y abuso sexual a una mujer de 33 años y dos menores de 13 y 2 años, en Ayacucho— ha reabierto el debate sobre la ayuda que ofrecen los grupos y protocolos comunitarios de cuidado, vigilancia y seguimiento a las víctimas.

“Estos espacios de ayuda mutua o redes de cuidado vienen funcionando desde hace tiempo en distintas esferas del país”, cuenta Josefina Miró Quesada.

Aparecen, de alguna manera, como una respuesta a la inacción o ineficiencia de las autoridades a la hora de cuidar a las víctimas de la violencia de género. A nivel general, existen dos tipos: por un lado, hay grupos que ofrecen ayuda y acompañamiento integral a las víctimas y potenciales víctimas. Y, por otro, organizaciones que trabajan como una bisagra entre las víctimas y el sistema de justicia, brindando asesoría en temas legales.

“Cuando están bien armados, logran reducir sensiblemente el problema, ya sea porque orientan a las mujeres a identificar determinadas formas de violencia que antes no consideraban como tal, porque descubren qué cosas pueden denunciar o porque logran empoderarlas”, dice el científico social Hernández Breña.

Justa —un proyecto del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)— es, quizás, el más conocido. Esta iniciativa forma parte de una estrategia internacional que funciona en siete localidades distintas. En Perú integra a la comunidad de Villa El Salvador, redes comunitarias, espacios de atención a la violencia y representantes del gobierno distrital. Así, crearon un plan de acción que busca mejorar los servicios de atención para las víctimas de la violencia de género.

violencia de género

Ayuda en Acción, una organización internacional con sede en Perú, también trabaja con redes comunitarias de protección en distintas regiones del país. Una de ellas se encuentra en el distrito de San Miguel, en Cajamarca, y funciona en alianza con grupos locales y representantes del gobierno. Allí, después de capacitar a líderes comunitarios, autoridades y ronderos, lograron elaborar una ruta de acción específica para la localidad en casos de violencia.

“Vivimos en un país diverso y es necesario que las medidas consideren estas diferentes realidades a la hora de trabajar, además de la resistencia que hay en ciertos sectores al enfoque de género y la necesidad de revisar las masculinidades tradicionales”, dice Marisu Palacios, especialista en género y coordinadora territorial de la ONG.

Estos, sin embargo, no son los únicos programas de acompañamiento y protección a las víctimas de violencia. Muchos de estos grupos funcionan, en escala más pequeña, en juntas vecinales y organizaciones sociales de distintas regiones del país.

“Y, en cierta forma, están cumpliendo con funciones que deberían realizar las autoridades. Pero hay una cuota empírica, práctica, que las empuja a asumir este trabajo porque no hay otra alternativa frente a la desprotección”, señala Josefina Miró Quesada.

¿Cómo ayudar a las víctimas?

No podemos mirar hacia otro lado. Pero, como en el caso de las redes comunitarias de ayuda, es importante recordar algo: proteger y acompañar a las víctimas de la violencia de género e intrafamiliar es responsabilidad del Estado.

“Las personas y colectivos pueden ser de gran ayuda, pero las víctimas y potenciales víctimas no pueden depender solo de ellos”, aclara Wilson Hernández Breña.

El círculo cercano, no obstante, puede ser de utilidad para proporcionarle información y, a la par, funcionar como un nexo con las instituciones de atención. “Ese es su gran rol —asegura el científico social—. Y eso requiere ayudarla a entender cuáles son las distintas expresiones de la violencia, por qué son malas, por qué es necesario denunciar al agresor y, en ocasiones, apoyarla a la hora de pedir asistencia”.

A veces, el proceso puede ser paulatino. Esto ocurre porque requiere una autocontemplación de la víctima, para identificar que lo que está viviendo es negativo —y peligroso— y que, por eso, necesita dejar a su pareja.

Pero, una vez que logra identificar esto, es necesario tomar acciones. “Ahí podemos ayudarla a diseñar una hoja de ruta de qué cosas tiene que hacer”, dice Hernández Breña.

Eso incluye distintas variables, desde el acceso a la Línea 100 —un servicio telefónico gratuito que ofrece asesoría y acompañamiento para las víctimas de violencia de género y sexual—, contactar a otras instituciones oficiales o grupos de ayuda, darle asesoría para recabar pruebas o, incluso, en cuestiones económicas o de apoyo con sus hijos.

La idea, finalmente, es acercarle herramientas para que pueda empoderarse y cambiar su situación. “Mostrarle que no está sola frente al agresor puede hacer toda la diferencia, en ese momento”, asegura Palacios.

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