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"Con Berlín puedes argumentar cualquier barbaridad. Para un escritor es muy estimulante"

Diners conversó con Javier Gómez Santander, el guionista de La Casa de Papel, cuya cuarta temporada acaba de estrenarse en Netflix.

Foto: Netflix, 2020

Diners conversó con Javier Gómez Santander, el guionista de La Casa de Papel, cuya cuarta temporada acaba de estrenarse en Netflix.

H abía escrito sobre un vendedor de máquinas de coser que un día mató a un hombre. Luego vinieron los problemas: ocultar el cadáver, enfrentarse a unos traficantes de drogas y a diferentes dilemas frente a su mujer.

Así se presentó, en 2015, Javier Gómez Santander en el mundo literario español. Su novela, El crimen del vendedor de tricotosas, no pasó inadvertida, tanto que pocos años después le daría un viraje a su carrera: le ofrecieron ser guionista de La casa de papel, una serie que comenzó sin mucho ruido en la televisión de su país, pero que por obra y arte de Netflix se convirtió en un fenómeno de masas después de tres temporadas.

La historia del ‘profesor’ y sus ocho cómplices que planean el asalto más ambicioso de la historia, tiene la rúbrica de este hombre, que participó del pasado Hay Festival de Cartagena. Diners habló con él.

Mucho se habla de la forma en la que usted terminó siendo guionista de La casa de papel. ¿Hablamos de azar o de ficción?

En realidad, suerte. Todo nació con una idea descabellada de Alex Pina, el creador de la serie, que decidió buscar guionistas que no hicieran parte del mundo del guion. Y empezó a buscar entre la literatura, leyó mi novela, El crimen del vendedor de tricotosas, y decidió llamarme.

¿Así no más, y ya?

Pues yo le dije que no había visto nunca un guion de ficción, ni sabía cómo se escribía. Entonces me dijo: “no pasa nada, yo te enseño”.

Javier Gómez Santander.


No es común buscar guionistas que no escriben guiones…

Sucede ahora, buscamos talento, otras miradas. No es tan importante que alguien sea guionista, escritor de novelas, periodista o dramaturgo: buscas una forma de mirar el mundo, la capacidad de generar una tesis así esta no vaya contigo mismo. Por ejemplo, para lanzar las tesis de Berlín en La casa de papel, no tenemos psicópatas en el equipo, pero sí puedes adoptar esa mirada. Obvio, importante que sepa escribir.

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¿Lo podríamos calificar como innovación o algo parecido?

Hoy los escritores no tenemos que apegarnos a un formato. En este momento, más que nunca, si somos capaces de escribir una novela también debemos dar el paso hacia el mundo del guion. Me gustaría seducir a escritores y periodistas para que digan “oye, quiero probar haciendo uno”.

Entonces, ¿cree que es un buen momento para escribir?

Sí, es un buen momento para nuestro idioma. Con la digitalización, los hispanohablantes hemos formando una especie de mercado común. Yo, por ejemplo, oigo muchos podcast latinoamericanos y leo medios latinoamericanos. Hoy puede ocurrir que una serie de España sea exitosa en Latinoamérica. La casa de papel es la prueba.

Usted es el jefe de guiones en La casa de papel. ¿Eso qué significa?

La casa de papel tiene dos escritores de cabecera, Pina y yo, y estamos a la vez en la producción ejecutiva de la serie con Jesús Colmenar, el director. Yo conozco la historia de principio a fin, sé hacia dónde va y armo la trama. A la vez, tengo dos equipos de guionistas, normalmente dos parejas: una escribe un capítulo y la otra el que sigue. Hacemos muchas versiones, tumbamos esto y aquello. Nos exigimos.


Javier Gómez Santander.


¿Cómo no agotar una historia?

Nos lo preguntamos cuando tomábamos la decisión de si abríamos la serie cuando ya estaba cerrada. A mí me apetecía mucho, como escritor y como espectador, porque teníamos un universo en el que faltaban cosas por contar. La reabrimos pero siempre nos dijimos que jamás la estiraríamos por razones ajenas a la propia historia. Es un compromiso que tenemos.

O sea, no repetir lo de Game of Thrones…

Soy un espectador muy agradecido con Game of Thrones, pero tuve la sensación de que más que estirar, la acortaron. Había cosas que merecían más desarrollo, hubiera quedado muy bien.

¿Pero acaso La casa de papel no es un buen negocio?

Netflix nos la puso fácil y nos dijo: “solo si queréis, solo si veis que merece la pena, pero no lo hagamos por negocio”. La idea era que una prolongación no generara rechazo.

¿Los malos como buenos de la serie no era un gran riesgo?

Queríamos jugar con la ambigüedad moral, sin personajes maniqueos. La clave es tener malos atractivos y ese fue un gran aporte de la serie Los Soprano: este tipo de personajes son mucho más divertidos, te sorprenden, ofrecen muchas posibilidades. Berlín, por ejemplo, es perfecto para estas situaciones.

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¿Hubo algún cuestionamiento por trocar estos roles?

No, como periodista cubrí la crisis económica española (2008-2014) y creo que la ficción debe reflejar también la realidad de esos tiempos.

Me mencionó ya dos veces a Berlín, ¿es su personaje favorito?

Sí, me divierto con él a la hora de escribir. Berlín puede decir cualquier cosa, con él puedes argumentar cualquier barbaridad, y eso para un escritor es muy estimulante.

¿Por qué Berlín, por qué Nairobi, por qué ciudades?

Fue un proceso muy curioso. Cuando estábamos buscando los nombres de los personajes, Alex Pina llegó con una camiseta puesta que decía Tokio. La vio Jesús Colmenar, el director, y dijo: “sí, Tokio es un buen nombre para la protagonista”. Luego fueron saliendo todos los demás, Nairobi, Denver, Berlín…

A propósito de Nairobi, ¿la pensaron como un referente del feminismo?

Surgió naturalmente y tuvo mucho más fuerza cuando, en aquel capítulo, dice: “¡comienza el matriarcado!”. Ha calado mucho en los movimientos feministas y algunas mujeres se han sentido representadas. Habiendo tanto ícono real, no es fácil que una mujer de ficción logre ese alcance.

Pero son las máscaras el sello de la serie…

La serie es profundamente iconográfica y tiene tres símbolos fundamentales: la máscara, el rojo de los overoles y el himno, casi como una patria: un color, un escudo y un himno. Además, tienen la virtud de que son muy fáciles de reproducir: un overol rojo, que se consigue sin mucho problema, y una máscara que igual está en cualquier parte. Y esa iconografía, sumada a la facilidad de obtenerla, hizo que la serie se propagara y extendiera mejor que cualquier campaña en cualquier canal de televisión.

¿Pensaron en una imagen distinta a Dalí para la máscara?

Sí, en El Quijote. Se quería algo que fuese español, que tuviese genialidad, locura y osadía. Nos quedamos con Dalí porque tiene algo más pop, más moderno, más transgresor. Y fue un gran acierto.

¿Qué pueden esperar los fans de La casa de papel en la próxima temporada?

No puede decir mucho, lo siento. Lo único es que a mí, personalmente, me gustó mucho como espectador. Es profundamente emocionante. A partir del 3 de abril, en Netflix, lo podrán corroborar.

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