“La búsqueda de la perfección también puede jugar en tu contra”, Noe Bernacelli

Noe Bernacelli

La periodista Mirelis Morales Tovar entrevistó a Noe Bernacelli. El resultado: un ejercicio literario en primera persona que revela las obsesiones, miedos y la pasión del diseñador peruano.

Me llamo Noe Bernacelli y tengo 33 años. Vengo de una familia muy tradicional. Mi madre nació en Cajamarca. Mi padre es de origen ítalo peruano. Ella, abogada. Él, economista. Mi rumbo, en cambio, fue otro. Entré al negocio de la moda hace una década. Muy precoz, pero lo he sido siempre. Me gradúe del colegio a los 15 y entré a estudiar medicina con apenas 16. Incluso, lo de la búsqueda de mi propio estilo viene desde que era muy chico.

Recuerdo que detestaba la ropa que me compraba mi madre. Así que la intervenía. Tenía 11 años y me dedicaba a hacerle cambios. Le quitaba las etiquetas, le ponía parches, le tapaba el logo. No quería que me relacionaran con una marca ni que me encasillaran. En la universidad, era el estudiante hippie. Tenía dreadlocks, usaba cueritos. Era la oveja negra de la familia, en el buen sentido.

 

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Comencé Medicina con la idea de hacer la especialización en Cirugía Plástica. Esa elección reflejaba mi inquietud por lo estético. Lo tenía allí. Pero llegué hasta el tercer ciclo. Una amiga de origen canario, Bertha, me llevó a confrontarme conmigo y me impulsó a encontrarme. Mi madre me sugirió que no dejara la carrera, que me tomara un año sabático, que había comenzado medicina siendo muy joven. Así hice. Me fui a Chile, donde me apunté a cursos de Arte y Pintura.

Noe Bernacelli

Yo quería ser pintor. Pero no cualquiera. Quería ser el mejor. Amaba el arte clásico. Admiraba a Velázquez, a Leonardo Da Vinci. Recuerdo que dibujé un rostro en un mini caballete de madera. Era casi perfecto. Mi mamá al verlo entendió que lo mío no era un capricho. Ese día le dije: ‘la Medicina no me hace feliz. Siento que tengo cierto talento y lo estoy desperdiciando’.

Hasta entonces, nunca se me había ocurrido lo del diseño de moda. Yo estaba empeñado en ser pintor. Solo que los talleres de Santiago no me gustaron. Entonces, mi amiga Bertha me presentó a dos amigos gays que vivían de su marca. Ellos elaboraban las piezas, las confeccionaban. Conecté con ellos y me quedaba las tardes viendo su trabajo. Me sugirieron que fuera a Europa a desarrollar la parte artística como diseñador de moda.

 

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A mi familia no le gustó mucho la idea. Mi mamá me dijo que si pensaba dejar la Medicina para hacer “vestiditos”no me iban a mantener para que destruyera mi vida. En fin. Hace 13 años, el diseño de moda en Perú no era considerado una carrera sino un pasatiempo de la gente de dinero. Lo relacionaba con corte y costura, sin denigrar ese trabajo.

No era un asunto de cambiarle la mentalidad a mi mamá, sino a los peruanos. En Europa, el diseño de moda es una industria que mueve millones. Aquí hay mucha gente que aún se burla y cree que es algo banal o sin sentido, cuando es totalmente relevante.


El ser humano escoge los colores porque a través de ellos se identifica y se expresa. Ese es el lado psicológico de la industria de la moda que me apasiona. El diseño me ha permitido canalizar mi obsesión por la belleza. Mi pasión por el cuerpo humano. El erotismo. Mis confecciones resaltan la silueta de la mujer. Siempre busco que se vea perfecta dentro de morfología. Me gusta que se sientan bien, que estén cómodas.

“No me arrepiento de nada de lo que he hecho hasta ahora”

El diseño es mi vida. No me arrepiento de nada de lo que he hecho hasta ahora. Pero admito que fue difícil lidiar al principio con las críticas. Recuerdo, en especial, el lanzamiento de la colección El Bosque Negro que hicimos en 2010. Fue una puesta en escena muy bien pensada. Trabajamos para que fuera perfecta. ¿Qué ocurrió? Se me acusó de haber plagiado. Se me comparó con otro diseñador consagrado, sin siquiera haber revisado mis colecciones anteriores.


El peor enemigo de un peruano es otro peruano. Uno queriendo posicionar a su país para que luego lo destruyan. Así me sentí. Fue muy duro. Incluso, me tomé un par de días fuera de la ciudad. Pero aprendí que las críticas siempre van a venir, que hay que estar preparado. La búsqueda de la perfección también puede jugar en tu contra. Esa fue mi gran lección. Uno tiene que hacer las cosas por la gente y porque te apasionan. Y a mí el diseño de moda me apasiona.

Ahora queremos acercar la marca a la gente, porque una marca no tiene sentido si nadie la consume. Quiero democratizar el concepto de la moda y cerrar la brecha, con líneas más accesibles. La alta costura sobrevive, porque hay un público que la consume. Ahí es donde me permito ser más onírico, más fantasioso como artística. Por eso no lo dejaré de hacer nunca. A la par, vamos por la internacionalización. Esta última visita a Los Ángeles nos abrió muchas puertas. Fue algo surrealista lo que vivimos allá. Mi sueño es estar en París y cada vez coqueteamos más con esa idea.


¿Qué dicen mis tatuajes de mí? (risas). Tengo 22 tatuajes y todos significan algo. El más notorio es el que llevo en mi brazo izquierdo que dice Flor de Hombre. Ese era el nombre de un perfume que usé por 10 años y me lo hice porque así me siento. Yo soy una parte masculina y tengo otra más sensible. Eso me define. Es como una cicatriz que dice mucho de mí. Tengo muchos signos religiosos, porque soy muy católico. En una muñeca me marqué un 7, porque a partir de esa edad todas las cosas comenzaron a cambiar en mi vida. A los 7 mis padres se divorciaron, a los 17 descubrí que era gay. Ahora, siempre busco que mis desfiles caigan un 7, a las 7 de la noche (risas). Es como una cábala. Al igual que abrir con un traje blanca ivory. Lo he hecho durante estos 11 años. Soy muy obsesivo. (risas).

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