“Soy lo que leo, lo que dibujo, planteo, huelo y pienso”, Claudia Coca

Sus pinturas, instalaciones, y dibujos abordaron el racismo y el mestizaje durante décadas. Ahora, Claudia Coca analiza las huellas coloniales de estos fenómenos.

Sarita Colonia, una geisha en versión manga, Mi Bella Genio, y las mujeres llorosas de Roy Lichtenstein. Al googlear a Claudia Coca, los autorretratos de la artista peruana se suceden, caprichosos. Aunque solo hizo pop art durante cuatro años y hace más de cinco que no pinta, muchos peruanos parecen haber construido una memoria similar: los artículos periodísticos todavía hablan de su manía por autorrepresentarse y el interés por tres temas candentes: el mestizaje, el género y el racismo. Pero poco —o nada— sobre las raíces coloniales de estas problemáticas, un eje que ha guiado su dibujos, instalaciones y videos más recientes.

Devenir Salvaje (2019). Esta instalación de dibujos a gran escala apela a plantas curativas americanas y las tradiciones originarias. Formó parte de Entre otras, una de las muestras de Bienal Sur, en Córdoba. Crédito: Archivo Claudia Coca


No es un silencio nuevo. Gonzalo Portocarrero, un sociólogo peruano que estudió estos fenómenos durante las últimas décadas, ya había identificado la relación hace seis años. “La lucha por descolonizar el imaginario continúa”, explicaba en el ensayo La utopía del blanqueamiento y la lucha por el mestizaje”. Y esa idea —la de la influencia colonial—es la que ha retomado Coca en las piezas que exhibió este año en Bienal Sur. El proyecto, presentado en tres muestras colectivas de Buenos Aires, Córdoba, La Paz, Potosí y Lima, pasó desapercibido en la escena peruana, mientras era elogiado por la prensa internacional.

El silencio no es nuevo, es cierto. Pero sí revelador. O cuanto menos, incómodo.

Tras las huellas del racismo

Cuando Claudia Coca llegó a la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima para su primera clase como alumna libre, creía que su futuro se limitaría a pintar bodegones. “Me gustaba dibujar, pero sentía que no era creativa”, recuerda treinta y un años después, en su departamento de Miraflores.

La hija mayor de Ernesto Coca —un contador y tenista amateur— y Rosa Sánchez —una peluquera aficionada a la música y la literatura— había crecido con la figura materna como guía. Así, llegó a sus primeras lecturas, descubrió el ballet y empezó a apreciar los conciertos de música clásica. Fue ella, también, quien la alentó a dibujar y, años después, la más entusiasmada con la idea de una hija vinculada a las artes. Pero en 1988 —cuando Claudia Coca reprobó el examen de ingreso a la carrera de Diseño Gráfico— hubo una decisión paterna que marcaría su futuro, casi en igual medida: ese año asistiría a los cursos libres de la Escuela Nacional de Bellas Artes de Lima.

No. 21. De castas y mala raza. Óleo sobre tela (2009). Esta pieza forma parte de la serie con referencias a las castas de virrey Manuel Amat. Crédito: Archivo Claudia Coca.


¿Qué recuerdos tiene de ese primer acercamiento formal a las artes?

Al principio fui obligada. Pero iba a pintar, y eso me gustaba. Luego, hice amigos y de a poco empecé a conocer a la gente que estaba en el taller, que en su mayoría eran del interior del país y venían de contextos muy humildes. Eso significó encontrarme con un mundo que no conocía, porque venía de un colegio de clase media, pensando en pajaritos y discotecas. Entonces, fue una experiencia que me cambió la vida y, de alguna manera, empezó a unir mis preocupaciones políticas por el país. Y le digo político a todo: a lo social, lo religioso, a los temas de género.

Incluso desarrolló, en un momento, una postura activista desde el arte…

Sí. Creo que eso era inevitable; y se hizo más fuerte en el 2000, cuando formamos el colectivo Sociedad Civil. Era un contexto en el que se había criminalizado la protesta. Entonces empezamos a buscar alternativas para hacer un tipo de manifestación que no pudiera ser tildada como una acción terrorista y surgió la idea de hacer el “Lavado de bandera”, en el que lavábamos literalmente la bandera, como una cuestión simbólica y hasta energética. Al inicio éramos cuatro gatos locos en la Plaza de Armas. Pero, de a poco, empezó a llegar más gente y la acción se empezó a replicar en distintos lugares del interior e, incluso, fuera del país. Fueron meses muy emocionantes. Y con miedo también, hasta que salieron los Vladivideos y todo volvió a la normalidad.

¿Cómo empezó, en ese contexto, su interés por analizar la discriminación racial?

América, de la serie La Tempestad (2019). Esta pieza forma parte de “Tempestades”, una serie de dibujos que simulan carátulas de National Geographic, donde Coca pone en evidencia la construcción de un discurso de lo exótico, lo salvaje y marginal. Crédito: Archivo Claudia Coca.


Durante ese año estaba produciendo, simultáneamente, una pieza para la Bienal de Lima. Me preocupaba mucho lo que estaba pasando: cómo habían desaparecido a la gente de la Cantuta, los asesinatos de Barrios Altos, las matanzas de Ayacucho y cómo eran capaces de arrasar pueblos enteros y que, en Lima, la gente no se diera cuenta. Había un trasfondo racista absoluto. Era como si un campesino o un indígena valiera menos. Entonces me empecé a dar cuenta de que las respuestas de todo lo que estaba pasando a nivel político estaban en el racismo. Es un problema estructural. Si empezamos a cortar tajadas de la vida colonial y republicana nos encontramos con que nuestra vida está atravesada por el racismo. Y, en el momento en que me di cuenta, entendí que era importante trabajar con este tema.

África. Otro de los dibujos, de La Tempestad (2019). Estas piezas fueron exhibidas, este año, en el Centro Cultural Paco Urondo, dentro del marco de Bienal Sur. Crédito: Archivo Claudia Coca.


Por el cambio…

En las piezas de Claudia Coca hay un mantra sutil: textos filosos como cuchillas. O, como dice ella, una fijación por lo textual. A veces eso se traduce en obras con títulos poéticos. Con referencias a canciones populares o anclas históricos. Otras, en composiciones que fusionan textos y elementos plásticos. Y hay oportunidades, también, en que las palabras —y su fuerza simbólica— se convierten en el eje de las obras. Las utiliza como índice. Y, aun así, las interpretaciones pueden ser escurridizas.

…por qué nos odian tanto?”, (2007). Esta es una de sus piezas más populares. Crédito: Archivo Claudia Coca.


Eso es una constante en “… por qué nos odian tanto?”, un autorretrato donde Coca está caracterizada como la Mujer Maravilla. “Muchos lo ven como un cuadro feminista, y otras personas hacen una interpretación antiracista”, cuenta. La obra aborda estos temas. Pero, sobre todo, es una pintura posterior al atentado a las Torres Gemelas. “Es la Mujer Maravilla, como gringa, preguntándose eso. Pero, como es mestiza, tratan de buscarle otros significados. Y, aunque no era la intención, eso ha ido enriqueciendo el discurso de la pieza”, explica.

Ese cuadro, de alguna manera, se ha convertido en un símbolo de su obra…

Sí. Creo que esa apuesta por lo popular resultó porque hubo un enganche muy fuerte con el público. A tal punto que hoy me reconocen por ese periodo, que fue el que me permitió empezar a incluir textos en las piezas.

Amor seco. Las piezas forman parte de “Devenir Salvaje” (2019). Crédito: Archivo Claudia Coca.


El dibujo, sin embargo, ha ido recobrando protagonismo en tus obras. ¿Se puede hablar de una reconexión con esta técnica?

Sí. El dibujo siempre fue la parte que más me divirtió de la producción visual. Y aunque nunca me alejé de la cuestión racial, la pintura me fue llevando a hacer dibujos. Sobre todo en 2009, cuando hice el cuadro de Leandro (su hijo mayor), con la cita a las castas del virrey Manuel Amat —una serie de cuadros desarrollados durante el Virreinato del Perú que pretendió clasificar el mestizaje entre “las razas puras”—. Y en 2013, cuando cierro el periodo pictórico con el cuadro de Julián (su hijo más pequeño).

No. 22. De castas y mala raza. Óleo sobre lienzo (2014). Esta obra marcó el cierre del periodo pictórico de Coca. Crédito: Archivo Claudia Coca.


¿Ese cierre del periodo pictórico fue calculado?

En lo absoluto. Simplemente no tenía imágenes pictóricas para lo que quería decir. Fue un proceso natural: empecé a trabajar los textos de castas con la cuestión discursiva y racista, y empecé a hacer cerámica. Luego me encontré con los textos de (Felipe) Guamán Poma y empecé a hacer una serie bordada. Y ese encuentro con el texto y la tela me llevó al dibujo.

El contexto histórico y sociológico siempre ha tenido un peso muy fuerte en su trabajo. ¿Cómo es el proceso creativo?

Siempre he leído mucho. Es una cosa que va y viene. Hay ideas que surgen de la práctica del hacer, como el paso de la pintura al dibujo; y otras se van alimentando con una constancia de investigación y lecturas. Finalmente, soy lo que leo, lo que dibujo, planteo, huelo y pienso. Y no sé dónde termina una cosa y empieza la otra.

Aparecida, 2007. Una de las piezas más icónicas de Coca, con referencias al mestizaje y la cultura popular. Crédito: Archivo Claudia Coca.


¿Cuáles son, hoy, sus preocupaciones, como artista?

Sigo tratando de ser fiel a mi línea, que es algo que a veces no resulta fácil. Quiero contribuir a generar cambios. Y eso genera riesgos. Es mucho más sencillo mantenerse en un lugar seguro. Pero si fuese así también me aburriría. Y están mis hijos también. Finalmente, todo es una excusa para educarlos.

Artículos Relacionados

  • Galería: Las mejores fotografías acuáticas de 2020
  • Una galería para conocer a los finalistas del World Press Photo 2020
  • Vea las 17 fotos finalistas del Sony World Photography Awards 2020
  • El bar de Ernest Hemingway y cuatro lugares que amaban los escritores