A 165 años del ingenio de Oscar Wilde

Estuvo en la cárcel. Su “delito”: ser homosexual. Murió en la bancarrota y el exilio. Recordamos la vida de Oscar Wilde a 165 años de su nacimiento.

Una de las grandes obsesiones de Wilde era verse retratado ciento de veces, con vestimentas excéntricas para la época y que reflejaran de alguna manera su deseo de ser reconocido.

Oscar Wilde murió en un hotelucho en París, a los 46 años, dejando en este mundo y abandonados a su propia suerte una cantidad respetable de deudas y dos hijos que ni siquiera llevaban su apellido.

El 30 de noviembre de 1900, luego del ritual propio de la época para un velorio de sexta categoría, lo único que pudieron pagar sus escasos amigos de entonces, fue enterrado en el cementerio de Bagneux, en las afueras de la ciudad, para descansar en paz, según reza la propia lápida de su tumba (R.I.P.).

Desde que se inició el proceso en su contra por homosexualismo, en 1895, su vida había
cambiado completamente. En menos de un año, como el Miguel Angel de Irving Stone, Wilde pasó del éxtasis a la agonía, y del pináculo de la fama al destierro por parte de la sociedad que lo había coronado como el rey del teatro, de la prosa y de la estética.

Al desatarse el escándalo, su mujer salió de Inglaterra junto con sus dos hijos y tuvo que cambiarse el nombre luego de haber sido expulsada por el dueño de un hotel en Suiza que reconoció su apellido.

Cuando Wilde aún estaba en prisión, su esposa murió como Constanza Holland, con el mismo apellido que aún hoy lleva su nieto.

Oscar Wilde

A partir de entonces, el nombre de Wilde fue borrado de todas partes: de los mármoles conmemorativos de las promociones de su escuela, Portora School; del epitafio de su esposa, al cual sólo en 1963 se agregaron las palabras “esposa de Oscar Wilde”, e incluso de los carteles que anunciaban sus propias obras de teatro, como La importancia de llamarse Ernesto, durante las temporadas de los años siguientes.

En mayo de 1897,
después de cumplir dos años de condena a trabajos forzados por el delito de vulgar indecencia, Wilde mismo se cambió su nombre por el de Sebastián Melmoth, sacado de un personaje de una novela escrita por su tío abuelo.

Wilde o la tragedia

A finales del siglo pasado, El retrato de Dorian Gray fue catalogada por sus detractores como “Una obra inmoral y obscena dirigida a subvertir la moral y promover vicios antinaturales”, algo de lo cual habían sido acusados también Flaubert y Baudelaire en las cortes francesas.

Pero sus fieles lectores, aquellos que distinguen entre el ser y el leer, como se distingue en gramática o en filosofía entre el ser y el estar, admiran tanto sus flaquezas y debilidades literarias como su ironía y su sátira, siempre fascinados por su comportamiento atrevido y no pocas veces ofensivo.

La obra completa de Oscar Wilde culmina con su propia vida, como la mejor pieza de teatro que jamás escribió, repleta de elementos sensuales y a la vez trágicos, al estilo de aquellas tragedias griegas a las que era tan afecto: el héroe, con aparente control de su
destino; el orgullo y la arrogancia; la flaqueza humana, y finalmente la némesis.

Cada una de sus páginas está cargada de rasgos íntimos sin los cuales no es fácil descifrar su verdadero sentido.

“Si hay algo peor en el mundo a que hablen mal de uno es que no
hablen de uno”, escribió en El retrato de Dorian Gray con gran sentido premonitorio de lo que sería su final y del destino que se había forjado para sí mismo.

Wilde

Oscar (Fingal O’Flahertie Wills) Wilde nació en Dublin, Irlanda, y fue criado en el seno de una familia poco convencional de clase media-alta.

Su padre adquirió buena fortuna y fama gracias a sus habilidades como físico y médico, que luego supo traducir en varias publicaciones y en una destacada reputación.

Su madre fue desde joven una nacionalista
convencida y panfletaria. Los dos conocían bien la experiencia de pasar de boca en boca como chisme en vecindario.

Su padre había sido acusado por una de sus pacientes de haber abusado de ella mientras la operaba; su madre, como buena activista, había tenido que defender su causa política ante los tribunales.

Al día siguiente de su cumpleaños número veinte, Wilde ingresó a Oxford y allí se graduó con honores, habiendo alcanzado la reputación que le permitiría relacionarse con personalidades del mundo londinense y europeo de fin de siglo.

Oscar Wilde era el mejor publicista de sí mismo, en lo cual se empeñó una vez terminó su programa en Magdalen College como doctor en estética.

En 1877 escribió en una de sus cartas: “Yo seré un poeta, un escritor, un dramatista. De una forma u otra seré famoso, y si no famoso, al menos notorio”.

Entre los dilemas morales que lo agobiaron como protestante cercano al catolicismo, estaba, precisamente, el hecho de haber tenido que abandonar a sus dos grandes dioses, “el dinero y la ambición”, según decía. Pocas personas de su época como él eran dadas a posar una y otra vez en los estudios fotográficos de Oxford y Londres.

En su viaje a Estados Unidos, en 1882, dio 140 conferencias en 260 días y conoció a Walt Whitman. Tan pronto llegó a Nueva York comisionó a uno de los más famosos fotógrafos de entonces, Napoleón Sarony, para que lo fotografiara con su abrigo de pieles y su vestido púrpura, en 27 poses diferentes. De esa época es la imagen más difundida de Wilde en el mundo entero.

Del éxtasis a la agonía

Al llegar la década de los noventa, Wilde alcanzó la cúspide de la fama con la publicación y puesta en escena de sus más destacadas obras.

Por ese entonces, conoció a lord Alfred Douglas, veinte años más joven que Wilde, y quien sería su amante hasta el final de sus días.

Tanto en sus textos como en su conducta, Wilde terminó por desafiar a la sociedad victoriana en que vivía: mientras daba rienda suelta públicamente a sus amoríos juveniles, ponía en boca de sus actores frases escandalosas, como aquella de que “en la vida matrimonial tres son compañía y dos no son ninguna”, aludiendo con ironía a la infidelidad conyugal.

Su drama Salomé, escrito originalmente en francés, fue censurado en Inglaterra y tuvo que ser estrenado tres años más tarde en París.

El día de su captura, su biblioteca personal compuesta por más de dos mil volúmenes fue puesta en venta por 130 libras esterlinas.

Durante los dos años de encierro que tuvo que padecer escribió Balada desde la prisión de Reading, su última obra editada en vida, y De profundis, carta dirigida a su amante a manera de testamento, la cual sería publicada sólo en 1905, y por mucho tiempo oculta en las ediciones de su obra completa.

“Los dos momentos definitivos en mi vida fueron cuando mi padre me envió a Oxford, y cuando la
sociedad me envió a prisión”, escribió en esta última.

La condena de dos años fue para Wilde como una cadena perpetua: su temperamento lleno de vitalidad se derrumbó por completo, y su fluida y ligera pluma se seco para siempre.

El mismo año de su muerte dejaba constancia de ello en una de sus cartas: “Yo escribí cuando no conocía la vida; ahora que conozco el sentido de la vida, no tengo nada más que escribir”.

Sin embargo, Oscar Wilde, músico de las palabras y pintor del lenguaje, como lo describió su nieto de apellido Holland, parece estar floreciendo en el otoño de este 1997, cien años después.

La importancia de llamarse Oscar

Con la despenalización de las relaciones homosexuales en Inglaterra, en 1967, la actitud del país entero hacia quien fuera uno de sus ídolos siete décadas atrás, comenzó a cambiar paulatinamente.

Wilde empezó a ser visto con particular respeto como académico y escritor, como hombre de letras. No en vano se había graduado con honores de la Universidad de Oxford.

En pocos años, la industria sobre Wilde creció enormemente, hasta el punto de que hoy se han publicado más de 400 libros sobre su vida y sus escritos.

Al mismo tiempo, sus obras se han divulgado profusamente y se encuentran traducciones en árabe, chino y catalán. En 1993 tuvo lugar en Londres un relanzamiento de sus principales piezas de teatro.

Al cumplirse cien años de su liberación y a escasos tres años del centenario de su muerte, Wilde se alza de nuevo en el mundo de la literatura y del teatro con la misma fortaleza, la misma arrogancia y la ironía que lo caracterizaron en vida durante las décadas finales del siglo XIX.

El pasado 16 de octubre, dia conmemorativo de su nacimiento, se estrenó en Londres la película Wilde, dirigida por Brian Gilbert, con una brillante y espontánea actuación de Stepehn Fry.

Aunque demasiado centrada en sus últimos años y en sus relaciones amorosas, con escasa referencia al mundo literario y creativo de la época, la producción es un fiel reflejo de lo que la sociedad inglesa tolera hoy y no aceptaba ayer.

Ese mismo mes, su nieto, Merlín Holland, publicó un nuevo libro titulado The Wilde Álbum, en el cual narra su versión sobre la vida de su abuelo, ilustrado con fotos familiares, muchas de ellas hasta ahora inéditas.

El único descendiente de Wilde se ha dedicado a dar conferencias y a hablar de su abuelo como nadie lo había hecho antes, e incluso está pensando en retomar el apellido que abandonó su abuela Constanza, en un hotel en Suiza, hace ya cien años.

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