Andrea Alonso: la dupla creativa de la nueva joyería peruana

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Conversan con arqueólogos, experimentan de manera obsesiva y leen sobre antropología. Así, la dupla Andrea Alonso ha conseguido revitalizar la orfebrería peruana.

No hay quien pueda refutarlo: las joyas son tan bonitas como innecesarias. Y en esa contradicción han logrado reinventarse durante siglos. Nuestra relación con ellas es caprichosa. Impredecible. Pueden tener la vitalidad para pasar de generación en generación, o ser tan llanas para quedar olvidadas en un cajón, tres meses después de encandilarnos.

¿Un talismán? ¿Una obra de arte? O ¿un símbolo de pertenencia? Las razones para desearlas suelen ser así de irracionales. Pero, cuando logran rescatar aquellas ideas, algo se resignifica. Puede parecer exagerado. Sin embargo, la identidad y la historia de un pueblo no son —no podrían ser— algo accesorio. Y eso es algo que Andrea Concepción y Diego Alonso Carbajal, creadores de Andrea Alonso, han entendido como ningún otro diseñador peruano.

“La orfebrería tenía un papel importantísimo en las expresiones artísticas precolombinas”, explica Concepción. Desde la selva tropical de Palenque, en el estado mexicano de Chiapas, hasta el valle del río Chicama, en el departamento peruano de La Libertad —o incluso más allá de esas fronteras—, las culturas prehispánicas habían creado una relación mística con sus joyas. Estaban en sus rituales, en sus ofrendas y en sus ceremonias religiosas, como un elemento poderoso. “Eso —insiste Carbajal— es algo de lo cual ya no se habla. Y lo que queremos es rescatar esa fuerza, pero con una intensión más vinculada a la innovación y al diseño”.

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Diego Alonso Carbajal y Andrea Concepción son diseñadores y orfebres. Trabajan juntos desde 2009 en diversos proyectos artísticos y, hace cuatro años, crearon Andrea Alonso. Foto: Archivo Museo MATE

Tierra adentro

Chontabamba es un pueblo atípico de la selva central. No tiene más de 200 habitantes, pero en las últimas décadas ha estado presente en el imaginario popular como una colonia de descendientes alemanes y, más recientemente, por el impulso de nuevos proyectos de turismo ecosostenible.

El centro, como en otros distritos de Oxapampa, es breve: la plaza, gallinas, el municipio, vacas, una iglesia de madera, la escuela, una posta médica y las casas con techo tirolés. Tiene, también, un río de aguas claras y las montañas: mitad bosque y la otra, con tierras de cultivo.

Aquí, a inicios de 2015, llegaron Andrea Concepción y Diego Alonso Carbajal. Aún no habían protagonizado editoriales de moda con los diseñadores más importantes de Lima y sus joyas no se comercializaban en boutiques exclusivas. Pero tenían el coraje joven y una idea: buscar una casa para armar un taller de orfebrería. “Mucha gente nos preguntaba qué íbamos a hacer en un lugar como este —recuerda Concepción—. Sin embargo, significó empezar muchas cosas nuevas: desde crear la marca, hasta tener un espacio propio”.

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Las joyas de Andrea Alonso son íntegramente confeccionadas a mano por esta pareja de orfebres, en Chontabamba. Foto: Joanna Legid

En busca de una vida más pausada

En los últimos años habían diseñado joyas —todavía sin un eje creativo que los guiara, ni una estética tan definida— y esculturas de metal desde Pachacamac. Pero el entorno había empezado a cambiar: las chacras de los alrededores estaban desapareciendo, los precios de los alquileres subían y, de pronto, en el pueblo solo se hablaba de asaltos.
Así, Oxapampa —un lugar que habían visitado desde 2012 para trabajar en la escenografía y la ambientación del festival “Selvámonos”— se convirtió en una alternativa para insistir con una vida más pausada. “Al inicio no sabíamos qué íbamos a hacer o dónde íbamos a vender nuestras obras, pero creamos la marca y todo se dio”, cuenta Carbajal.

Apenas habían pasado unos meses desde la mudanza, cuando sus nuevas piezas —con influencias de las culturas mochica y chancay— llamaron la atención de dos estilistas vinculados a la escena creativa que, poco después, los impulsarían a hacer colaboraciones con Susan Wagner, Giuliana Testino, Ana María Guiulfo, y otros diseñadores de la escena local.

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Las piezas de Andrea Alonso sintetizan la iconografía prehispánica con un lenguaje contemporáneo. Estos brazaletes, por ejemplo, están inspirados en las culturas del norte peruano. Foto: Joanna Legid.

El crecimiento, entonces, fue vertiginoso. Desde conversatorios en museos de Lima, hasta presentaciones en ferias internacionales de joyería contemporánea como la de Rumania, un festival de arte en Florida y eventos de diseño en Berlín. Pero lo otro —su investigación sobre las culturas precolombinas y el contacto con arqueólogos— se ha mantenido intacto. Como un motor nuevo para la joyería peruana.

Herencia e innovación

El interés de Diego Alonso Carbajal por el arte precolombino empezó cuando aún era niño. En aquellos años, cuando vivía en Huaraz, comenzó a visitar vestigios arqueológicos de la cultura chavín con sus compañeros de colegio. Era algo rutinario. Pero la iconografía de aquella cultura le llamaba la atención y no tardó en influenciar sus dibujos y, con el tiempo, sus primeras esculturas.

“Me había acercado al arte de manera autodidacta —recuerda— y, en un momento, quise empezar a hacer piezas de metal”. Así, en 2009, llegó al taller de Rodolfo Manga, un maestro orfebre y restaurador de piezas precolombinas y coloniales. “Él fue quien realmente me inició en el mundo de la orfebrería, y me quedé trabajando en su taller casi un año”, cuenta.

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Los orfebres emplean materiales como la plata, el bronce  y baños de oro en micras —en todos los casos, con certificado de procedencia—. Para las piezas de oro macizo, por otro lado, refunden joyas en desuso. Foto: Andrea Alonso Studio.

Andrea Concepción tuvo un acercamiento similar al arte prehispánico. Aunque siempre había vivido en Lima, sus padres solían llevarla a distintos museos y, cada vez que visitaba a la familia paterna en el norte del país, aprovechaban para recorrer sitios arqueológicos moche. Su madre, una diseñadora de interiores y paisajista, era quien la animaba a pintar y, con los años, la alentaría a estudiar escultura en la Pontificia Universidad Católica.

Hace una década, los artistas y diseñadores interesados en el arte ancestral peruano y la orfebrería eran casi una excepción en la capital peruana. Por eso, el encuentro entre Carbajal y Concepción se antojaba inevitable.

Una dupla creativa

Se conocieron en 2009, cuando fueron convocados para dictar talleres en un proyecto cultural del centro de Lima. Poco después, empezaron a trabajar algunos proyectos conjuntos y formaron una dupla creativa. Encontrar las líneas limpias y fluidas de sus diseños, sin embargo, requirió tiempo: “Yo quería hacer algo más recargado, como si fuera un reto —admite Carbajal— y no me daba cuenta de que el trabajo de síntesis era mucho más valioso y complejo”.

La experimentación en el taller de Chontabamba, sin embargo, le iría dando la razón a Concepción. Y, a la par, empezaría a delinear una búsqueda nueva, asociada a la síntesis de la iconografía precolombina y formas de la naturaleza.

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Las joyas de esta pareja combinan diseño con técnicas artesanales de acabos delicados, y una filosofía de producción ética. Foto: Andrea Alonso Studio.

“Para llegar a eso, fue necesario investigar: leer sobre antropología, conversar con arqueológos”, explica la diseñadora. El objetivo detrás de ese proceso es entender las formas, el signficado y los usos de la simbología para, luego, poder descontextualizarlas y traducirlas a un lenguaje contemporáneo de curvas limpias y fluidas.

Ahora, mientras se preparan para una feria de joyería en Portugal y alistan la producción para los pedidos de Lima y una tienda en Berlín, la pareja de orfebres ha empezado a entrenar a una nueva colaboradora para el taller. Eso, explican, les permitirá tener más tiempo para el proceso creativo. Y también está la herencia. Porque los procesos creativos —dice Concepción, mientras se acomoda en el rincón más luminoso de la sala— se enriquecen cuando el conocimiento se comparte.

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