Sandra Barclay y Jean-Pierre Crousse: los arquitectos que realzan los paisajes del desierto peruano

No usan artificios elaborados ni buscan imponerse en el paisaje. Estos arquitectos crearon un lenguaje nuevo para el diseño peruano: entre la memoria y una elegancia reflexiva.

*Foto de portada: La arquitectura del Museo de Paracas rescata la geometría de la construcción anterior destruida en el terremoto de 2007, para ofrecer una continuidad en la memoria del paisaje cultural peruano.

A contracorriente. Sin la prisa de una ciudad que crece a pasos atolondrados, ni el recelo. Los arquitectos Sandra Barclay y Jean-Pierre Crousse escapan de los materiales lujosos, hablan de bajar los muros y detestan los edificios inteligentes. “Si tienen esa etiqueta, es porque son edificios brutos a los que le meten tecnología para hacerlos inteligentes”, dice Crousse.

En las últimas décadas, esta pareja ha diseñado museos, casas de playa, universidades y edificios públicos en Francia y Perú. Todos esos proyectos tienen una constante: no recurren a artificios elaborados, ni intentan imponerse sobre el paisaje. Así han construido un lenguaje propio, entre la belleza agazapada y la elegancia más reflexiva con el entorno. Sin embargo, su trabajo no siempre fue así.


Al igual que el Museo de Paracas y el LUM, el Aulario de Piura apela a recursos arquitectónicos para lograr una ventilación natural y eficaz. ¿La razón? Barclay y Crousse aseguran que, con una buena estrategia, el uso de aire acondicionado es innecesario en un clima como el de la costa peruana. Cortesía Barclay & Crousse Architecture.


Antes de ganar el premio Mies Crown Hall Americas, reconocimiento que premia las mejores obras de arquitectura construidas en América, o quedar como finalistas del concurso internacional del Royal Architectural Institute of Canada, la dupla tuvo que aprender a dejar de lado el ego. O, como cuentan, descubrir la diferencia entre trabajar en un proyecto y para él.

Aquello ocurrió hace años, cuando estaban por abrir su estudio en París y se postularon a un concurso para reestructurar la antigua Casa de la Cultura André Malraux; junto a otra pareja de arquitectos. El edificio de aluminio y vidrio, un ícono de la arquitectura moderna, se transformaría en un museo de bellas artes. Un proyecto especialmente arriesgado, pues no había sido diseñado para eso. Y su creador, Guy Lagneau —el único arquitecto vivo del equipo original— no había sido convocado, siquiera, como jurado.


Sandra Barclay y  Jean-Pierre Crousse se conocieron en la Universidad Ricardo Palma, mientras estudiaban arquitectura. En 1994 abrieron su estudio en París y, doce años después, regresaron a Lima para crear una segunda sede en Perú, y dedicarse a la docencia. Alonso Molina – Cortesía Barclay & Crousse Architecture.


Barclay y Crousse fueron a verlo poco después, en busca de una opinión. Querían que analizara su propuesta: una serie de cajas dentro de la caja de vidrio histórica, que adaptaría el edificio al programa del museo y controlaría la luz. Lagneau, un arquitecto mayor y retirado, fue implacable. Esa propuesta, les dijo, destruiría el diseño. No era una cuestión de orgullo. Su plan de refacción había dejado de lado algo escencial: la fluidez espacial y la luz difusa, ideas guía de la construcción.

“Nos demostró que los arquitectos no están para imponer ideas, sino para escuchar: al lugar, a su historia y a las personas que van a vivir allí o van a usar el espacio”, recuerda Barclay, veinticinco años después, con la claridad del golpe. No era una reflexión aislada. Y la pareja peruana lo tendría presente. No solo en la nueva propuesta que idearon para el museo —el primer gran proyecto que ganaron en París— sino para una carrera profesional, que ya empezaba a despegar.

Más allá de los muros

Sandra Barclay y Jean-Pierre Crousse dicen que sus obras funcionan como un laboratorio en construcción. Allí, cada proyecto arquitectónico rescata estrategias, aproximaciones al entorno y al momento histórico que, luego, servirán como información para el siguiente trabajo. “El hilo conductor es la preocupación por el paisaje y la calidad de vida de las personas que van a usar esas construcciones. Y los resultados son muy distintos porque hay una escucha paciente de esas necesidades”, dice Barclay.


El edificio tiene paredes rojizas, de cemento puzolánico pulido, que mantienen la armonía con los colores del paisaje. El interior, por otro lado, se caracteriza por espacios fluidos, techos altos, ventilación e iluminación natural. Cortesía Barclay & Crousse Architecture.


En 2006, cuando regresaron a Perú después de trece años de trabajo en Francia, los arquitectos ya habían ganado prestigio internacional, una decena de premios y la madurez para descubrir otra idea fundacional: la costa peruana tenía características tan singulares como para impregnar la arquitectura. “Es algo que pasa inadvertido, pero tenemos un clima sin frío o calor extremo. ¿Y qué significa eso? —se pregunta Crousse—. Que, si se trabaja considerando el entorno, la arquitectura de la costa peruana no se va a parecer a ninguna otra”.


El Aulario de la Universidad de Piura ha recibido el premio Mies Crown Hall Americas Prize 2018, y es uno de los finalistas del premio Royal Architectural Institute of Canada. Los especialistas destacan su innovación en la arquitectura educativa. Cortesía Barclay & Crousse Architecture.


Resulta sensato. Aunque, hasta hace unos años, pocos veían algo más que un vacío en el desierto peruano. Y encontrar la belleza serena de sus formas abstractas parecía aun más difícil. Dependía —es cierto— de entrenar la mirada, de aprender a escuchar. Barclay y Crousse llevaban varias décadas haciendo el ejercicio. Y, de nuevo en el país, no tardarían en reparar en las colinas rojizas de Cerro Colorado, la sucesión armónica de quebradas y farallones de la Costa Verde, o la organización de los bosques secos del norte, en Piura.

Allí, con el tiempo, construirían sus tres proyectos más ambiciosos. También, los más bellos; por la delicadeza de sus formas, los espacios generosos y una luz abundante. El Museo de Paracas fue el primero: un edificio de paredes rojizas y líneas abstractas, que se amalgama en el paisaje como si fuera otra roca. Y, en el interior, muestra la fluidez de las construcciones modernas, con techos altos y frescos, y una iluminación natural.


El LUM ofrece una experiencia performática. Los arquitectos idearon un recorrido que comienza en la Avenida del Ejército y baja hacia la quebrada, como un espacio de preparación para la muestra. Ya en el interior, el recorrido va desde la parte inferior hacia la luz. Cortesía Barclay & Crousse Architecture.


El Lugar de la Memoria —la segunda de estas construcciones icónicas y multipremiadas— fue, entre la osadía arquitectónica, el horror que reflejaría la muestra y los embates políticos, un proyecto que rozó la épica. Construido capa a capa, como un tapial o una alegoría a los farallones, cierra el acantilado de Miraflores con una armonía insólita. Adentro no hay sutilezas: el recorrido es guiado —desde abajo, hacia la luz—por una serie de rampas circulares que conectan las distintas salas y, hacia el final, conducen a una terraza; ideada como una plaza pública.

El más reciente y menos popular a nivel local fue el Aulario de la Universidad de Piura. Un edificio que —así son las paradojas nacionales— está nominado al premio del Royal Architectural Institute of Canada y ganó, entre otros premios, el Mies Crown Hall Americas 2018. Pero, sobre todo, planteó un concepto novedoso a la hora de construir edificios educativos. ¿Cómo? Dándole protagonismo a las áreas de encuentro o aprendizaje informal —espacios no jerárquicos, como los han denominado—, entretejiendo áreas de sombra y creando, a la par, una prolongación del bosque seco lindero.


Este proyecto recibió el premio Oscar Niemeyer 2016 y el Hexágono de Oro, en la XVI Bienal de Arquitectura del Perú; entre varias otras distinciones. Destacada por su integración a los acantilados, sus referencias simbólicas a la memoria y, además, por su reutilización absoluta de aguas. Cortesía Barclay & Crousse Architecture.


“Ese proyecto encierra el anhelo de todo arquitecto”, reconocerá Jean-Pierre Crousse, una tarde de julio. Y no sonará exagerado: allí encontraron la respuesta a un problema local —la integración de alumnos provenientes de contextos sociales muy disímiles— y, en simultáneo, reabrieron la discusión sobre la arquitectura educativa en el ámbito internacional. Sí: implica una gran responsabilidad. También el entusiasmo de las posibilidades nuevas.

Los arquitectos, dicen, construyen la memoria de las ciudades. Pero son ellas —y sus habitantes— quienes se apropian de algo. O no. El mecanismo es complejo. Y para sobrevivir la arquitectura debe encontrar una razón de ser, aun cuando ya no pueda con su propósito original. Como las arenas romanas o el edificio Grand Splendid de Buenos Aires —un antiguo teatro replanteado hoy, como librería—. No hay teorías sociales ni cálculos ni arquitectos que puedan pronosticar eso. Sí, quizás, algo que pueda hacer una diferencia: la conexión con su tierra.

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