Así es surfear durante el invierno en Lima

Conversamos con Diego Villarán, un surfista que con su proyecto Alto Perú instruye a niños y adultos sobre este deporte y revela las ventajas de practicarlo durante el invierno limeño.

El mayor privilegio de una ciudad como Lima es mirar hacia el horizonte y encontrarse con el movimiento infinito de las olas. Sin importar la estación del año, el color del cielo o el ruido de la vida cotidiana, estas congregan habitantes que conviven con los peces, los delfines y el silencio. Se visten como superhéroes, se abrazan a una tabla y se ponen de pie de un solo salto, dándole forma a esa idea imposible de arar en el mar.

Al menos cuando están dentro del agua, los tablistas se vuelven parte del paisaje y son felices. Por eso, Diego Villarán no solo lleva la playa en su interior, sino que desde hace quince años se dedica a enseñar.

“El surf es mucho más que correr tabla”, explica. “No se trata de pararse y hacer maniobras. Se trata de superar la inercia cada mañana y levantarse para llegar al mar. Una vez ahí, este deporte implica conectarse con un ritmo distinto al que tiene nuestra mente, pues hay veces en las que el mar puede ser muy rápido y otras más suave. Tenemos que ponernos a su disposición y eso demanda paciencia porque debemos aceptar su naturaleza, pero también nuestras propias limitaciones, expectativas y miedos”.

¿Cuándo empezó su relación con el mar?

Mi padre es tablista y cuando era niño me llevaba a la playa para verlo correr. Él fue quien me inculcó el surf, aunque en esa época nadie te enseñaba. Te daban la tabla y cada uno sobrevivía.


El tablista y profesor de surf empezó a correr cuando era niño y aprendió, sobre todo, de sus amigos. Cortesía: Diego Villarán.


¿Cómo fue su aprendizaje?

Al principio me moría de miedo y creo que ese fue mi motor. El tema no es tener o no tener miedo, sino qué hacemos con él. Podemos paralizarnos y rechazarlo, pero también es posible aprender de dónde viene, verlo de frente y superarlo. Mi papá siempre me dijo que la clave era estar tranquilo.

¿En qué momento sintió que ya estaba listo?

Cuando tenía once años mi papá dejó de correr por exceso de trabajo y mi hermano mayor también, así que ya no tenía con quién ir. Entonces le pedí a mi mamá que me llevara después del colegio, aunque ella ni siquiera sabe nadar. Todos los días de invierno me metía solo muriéndome de miedo y sin conocer las olas. Me dejaba ahí toda la tarde y en verano, todo el día.

Empezó a enseñar hace quince años…

He estudiado de todo, desde Filosofía e Ingeniería Forestal hasta acupuntura, pero hace quince años necesitaba dinero y recién se estaban formando las primeras escuelas de tabla en la Costa Verde. Yo era amigo de Magoo de la Rosa, un tablista muy conocido que fue campeón nacional. Él me pasó la voz y trabajamos juntos un par de años, pero luego abrí mi propia escuela con mi amigo Rafael Alvarado. Aunque es un deporte individual, las amistades son muy importantes en el surf porque nos permiten aprender y también enseñar. Ahora existen profesores, pero antes eran los amigos.

¿Qué elementos identificó durante su aprendizaje para desarrollar un método de enseñanza?

Al comienzo seguía lo que Magoo me decía y no era muy consciente de lo que estaba haciendo. Luego empecé a trabajar con niños y ellos me enseñaron a mí. Me di cuenta de que no necesitaban aprender a correr olas, sino reconocer el mar y superar sus miedos.


Villarán afirma que Lima es una ciudad hermosa para surfear en invierno porque hay mejores olas. Cortesía: Diego Villarán.


¿Cuáles son los errores más frecuentes a la hora de enseñar?

Creer que todos tienen que hacer lo mismo: pararse y correr olas cada vez más grandes. No se pueden imponer nuestras expectativas, pues algunos solo quieren estar en el agua y conversar. Ahora jamás me impongo con un alumno. Más bien, incentivo a que superen sus temores porque yo también entreno para no sentir miedo.

¿Cómo se hace eso?

Practicando y sabiendo que estamos ahí porque queremos. Yo pienso en mi hijita, en el sol, en la luz, en mi familia, en que está todo bien. ¡Debajo del agua necesitas estar positivazo! Si no, se te acelera el corazón y tragas el agua. Tienes que estar tranquilo en las peores condiciones.

Como en la vida…

Sí. Y no anticiparte a que la ola te va a caer.


Diego Villarán fundó el Proyecto Alto Perú, que empezó como una escuela de surf para la comunidad de Chorrillos y ahora también trabaja en temas de urbanismo con participación ciudadana. Cortesía: Diego Villarán.


¿Cómo es una clase suya?

Llegamos a la playa y el primer reto del alumno es ponerse el wetsuit, que al comienzo puede parecer un poco difícil. Luego escogemos la tabla, le ponemos la pita, vamos a la orilla y hacemos ejercicios de calentamiento. Después le enseño la parte técnica, desde cómo pasar las olas hasta pararse. Sin embargo, siempre digo que en el mar van a aprender mil cosas y que no se puede adquirir tanta información en un solo día. Me gusta bajar las expectativas porque lo primero es jugar, así que lo más importante es que estén tranquilos y que la pasen bien.

¿Qué hace cuando alguien se paraliza?

Lo saco de la zona de impacto, lo llevo a una zona que no sea peligrosa, hago contacto visual y lo ayudo a respirar. Luego le pregunto qué siente y qué quiere hacer.

¿Cuál es la mayor diferencia entre un niño y un adulto?

El adulto necesita verbalizarlo todo, mientras que los niños son más intuitivos y juguetones. Por eso, a los primeros tienes que hablarles más y a los segundos necesitas escucharlos con mayor atención.


Diego asegura que los únicos requisitos para aprender a surfear es saber nadar, flotar y bucear. Cortesía: Diego Villarán.


¿Cómo empezó el proyecto Alto Perú?

Rafael y yo nos peleamos por cosas de amigos. Luego volvimos a ser patazas (muy amigos), pero en ese entonces yo me quedé con toda la logística de la escuela y él se quedó con los clientes.

Yo crecí en el Alto Perú (Chorrillos) y conocía a toda la gente del barrio, que era bien bravo. Me gustaba estar con ellos y muchos niños me pedían ir a la playa para surfear, así que un verano decidí que solo daría clases gratis. Tuve un grupo de adolescentes y fue bonito, pero no cambié en nada su vida. Tal vez les di algo de información importante, pero igual acabaron presos. Por eso, al siguiente año lancé el curso con una edad límite de 12 años. Algunos siguieron malos caminos, pero muchos salieron adelante, ya sea a través del surf o de otras actividades.

¿Qué tipo de cambios puede generar esta disciplina?

Te da sueños. Cuando te metes al mar una vez, quieres volver al día siguiente para mejorar algo que no hiciste bien o correr una ola más grande. Te da motivación.

También te da una sensación de posibilidad…

Sí… te hace sentir que puedes. Ahora el Proyecto Alto Perú tiene vida propia y ha crecido un montón. Tengo un equipo de quince personas con las que hacemos iniciativas de urbanismo para diseñar espacios públicos con procesos participativos, trabajamos con madres y niños de primera infancia, damos clases de muay thai y un montón de cosas. Tengo alumnos que ahora trabajan conmigo y yo me he quedado con el Surf Club, que es lo que más me gusta hacer.

Si el mar de Lima fuera una persona, ¿cómo la describiría?

Buena, leal y sincera: lo que ves es lo que hay. Es muy adecuado para principiantes, aunque hay días de invierno en los que puede estar grande y corrientoso. Sin embargo, nunca es un mar traicionero.

¿Por qué es tan especial correr en invierno?

Porque hay olas mucho mejores. En esta época se activa el hemisferio sur y llega con más fuerza a las costas de Lima. En mi caso, no tengo un horario fijo para surfear porque me gusta entrar tranquilo. Mi hora preferida suele ser las diez de la mañana en invierno y el atardecer en el verano.

Los tablistas tienen la geografía en el cuerpo…

Lo primero que hago cuando me levanto es ver cómo está el mar. Uno empieza a notar detalles alucinantes porque una misma playa cambia mucho en diferentes momentos del día por la marea, el viento y el swell (el oleaje que se forma por perturbaciones atmosféricas). Las tres variables confluyen en determinados momentos. Son cosas que no puedes controlar y necesitas estar ahí.

¿De eso también depende la tabla que eliges?

Sí, aunque yo correría hasta con la tabla de una mesa.

¿Cómo se siente ahora cuando entra al mar?

Depende de la playa. Si voy a Pico Alto, donde está la ola más grande de Lima, tengo la misma sensación que tenía cuando era niño: una mezcla de miedo y adrenalina. Me encanta, pero también es una alerta de que tengo que respirar mejor, calmar mi mente y observar el mar.

¿Meditar sobre las olas?

Totalmente. Tienes que visualizar cómo quieres correr, trabajar tus nervios y estar controlado cuando llegue la ola. En ese momento debes haber transformado todas tus emociones en otra cosa, porque si remas con miedo te caes.

Todo eso que se aprende en el mar, ¿de verdad se aplica en la vida?

El mar es una metáfora absoluta de la vida y lo puedes aplicar en todo.

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