Rember Yahuarcani: el pintor huitoto que lleva su cultura al mundo

Yahuarcani es un pintor contemporáneo de raíces huitoto, que preserva y transmite la memoria de los suyos a través de su arte.

Sentado en medio de sus cuadros, en su taller de la Plaza San, Martín en el Centro de Lima, el pintor huitoto Rember Yahuarcani dice:

– Para los huitoto, si has sido malo, al morir te vas a la casa de Jusiñamuy, que vive con los gallinazos y los tigrillos.

– ¿Y qué te pasa cuando estás allá?

-Jusiñamuy te come a la parrilla.

Rember Yahuarcani, de treinta y tres años, cabello hasta los hombros, ojos pequeños, piel marrón brillante, cuenta esta y otras creencias y mitos del universo huitoto, una nación de la Amazonía peruana y colombiana. Muchas de ellas están en sus pinturas, que ha expuesto en distintos países de Latinoamérica, Europa y Asia.

“Los conceptos huitoto de lo ‘bueno’ o ‘malo’ son muy distintos, por ejemplo, de los que tienen los cristianos. Un huitoto malo es aquel que no conoce su historia”.

No saber de dónde vienes, quiénes son tus ancestros o el origen de este mundo, dice Rember, es una de las grandes maldades que, para los huitoto, te condenan a ser la comida del diablo por toda la eternidad.

El pintor prefiere los fondos negros. “En la Amazonía el negro no inspira temor, sino vida. Es en la noche cuando más sentimos y oímos la naturaleza”
La selva es una escuela, la chacra también

La maestra del pintor, quien le contó sobre el diablo Jusiñamoy, del creador del mundo Moo Buinaima y su esposa Buiñaiño, y también acerca o del horno de yuca de donde salieron los hombres, fue su abuela paterna y lideresa del clan huitoto de la Garza Blanca, Martha López.

“Oí estas historias no una o dos o tres, sino cientos de veces. Martha me las contaba mientras íbamos a la chacra, mientras hacíamos las labores de la casa”.

Allí en Pebas, en Loreto, un pequeño distrito de unas 17 mil personas que juntos apenas alcanzarían a llenar la tercera parte de las tribunas del Estadio Nacional, Rember no solo aprendió sobre la cosmovisión de su nación y el genocidio que sufrió durante la época del boom del caucho (se calcula que alrededor de 30 mil huitotos, boras, ocainas y andoques fueron asesinados). También supo cómo cultivar yuca, caña, plátanos, aguaje, uvilla, pacaes. Aprendió a hacer artesanías como sus papás, Santiago Yahuarcani y Nereida López: máscaras y tallados en madera balsa, cerámicas de barro, pinturas sobre llanchama (una especie de tela que se extrae de la corteza del árbol del renaco) con tintes naturales extraídos de árboles, raíces y frutos.

“La selva es una escuela, la chacra es una escuela. Cada planta, cada animal es un ser del que puedes aprender –dice mientras acaricia su bufanda verde.

En esa época las pinturas que hacía con su papá eran, según sus palabras, más “gráficas”. Pequeños cuadros de animales como loros, guacamayos que luego vendían en las tiendas de suvenires de Iquitos para con comprar los útiles escolares.

Las reacciones que causan sus cuadros en los países que visita son, a veces, inesperadas. “En China, por ejemplo, algunos encontraron coincidencias con sus mitos propios” comenta el pintor.  
“No lo guardes en tu corazón”

Por teléfono, desde Pebas, habla Santiago Yahuarcani. Ya es de noche y hasta hace unas horas, dice, estuvo pintando algunos cuadros que todavía no acaba:

-Yo creo que ese querer, esa petición que mi mamá le hizo Rember ha tenido mucho éxito.

– ¿Qué le decía la abuela?

-Lo que yo te cuento no te lo guardes en tu corazón, cuéntalo a otras personas –contesta.

Para el patriarca de los Yahuarcani, su hijo está cumpliendo el deseo de Martha, que es en realidad un mandato huitoto primordial. A través de Rember, el mensaje de su cultura ha llegado hasta países tan lejanos y extraños para Perú como Polonia, Suiza, Inglaterra o China. Sus pinturas se han paseado también por España, Francia, Italia, Portugal, Estados Unidos, Argentina, Ecuador, Colombia, Brasil. Rember ha participado en casi cincuenta exposiciones colectivas, ha montado alrededor de treinta exposiciones individuales y ha publicado cuatro libros (sí, también escribe).

“Jamás me imaginé que Rember viajaría por tantos países, que llevaría nuestras historias hasta tan lejos”, dice orgulloso Santiago.

De vuelta a su taller en el Centro de Lima, Rember Yahuarcani dice que los años le han ayudado a reinterpretar o entender mejor las enseñanzas de su abuela Martha.
“Pienso que un buen huitoto es quien conoce su historia, pero también quien sabe cómo transmitirla”.

Las culturas también se transforman

Rember llegó a Lima por primera vez el 2003 para una exposición que reuniría a un grupo de artistas de la Amazonía, (la invitación había sido para su padre, pero este decidió cedérsela al segundo de sus hijos).

Quedó impresionado con la ciudad tan grande y con esos lugares que solo había visto en los libros. Conoció todos los sitios que pudo, aceptó todas las invitaciones, incluida esa que recibió para exponer sus pinturas al año siguiente, en una muestra individual en la Biblioteca Nacional.

Con la promesa de la biblioteca, Rember regresó a Pebas. Pintó durante un año y volvió a Lima en 2004, con 15 cuadros para su primera exposición individual. Aunque no vendió mucho –entonces el más barato de sus cuadros lo ofrecía a 40 soles– sí recibió más invitaciones para exponer en la capital.

Así se movió durante un tiempo: llegaba a Lima a exponer y volvía a Pebas a pintar. La gente del círculo artístico comenzó a conocerlo, a hablar de él, a pedirle entrevistas. Llamaba la atención ese joven pausado, vestido siempre de negro o azul o verde, que contaba con sus cuadros historias alucinantes de la Amazonía.

En 2007 Rember Yahuarcani vino a residir definitivamente en Lima. Quería vivir de pintar, pero necesitaba un plan.

“Decidí quedarme en Lima un día mientras caminaba por la avenida La Marina hacia Miraflores, sin un sol en los bolsillos”, dice y ríe como quien recuerda una vieja travesura.

Rember se impuso un plazo para lograr su objetivo: cinco años. Pensó: si un estudiante universitario puede vivir de su profesión luego de cinco años de estudios, yo también puedo conseguirlo. No le contó nada a sus padres, fue una decisión que tomó a solas y en silencio.

Desde entonces se dedicó a pintar pero también a estudiar. Compraba libros de segunda sobre arte, pintores, museos. Conoció a Dalí a Goya a Picasso. Empezó a practicar con lienzos, pinturas acrílicas y pinceles (hasta entonces pintaba sobre llanchama, con tintes naturales, y su brocha era el piri piri, una rama de la Amazonía). Solo aprendió a tensar la tela en el bastidor, a elegir los pinceles adecuados.

Sus cuadros siempre trataban sobre el universo huitoto, pero dejaron de ser tan explícitos para volverse más “subjetivos”.

“Me di cuenta de que si quería entrar a las galerías, si quería difundir masivamente mi arte, debía cambiar, experimentar”, dice parado al lado de uno de sus cuadros recientes, uno que va sobre la creación del mundo y está valuado en más de 20 mil dólares.

Cuando no tenía dinero acudía a sus amigos, les recordaba lo importante que para él era seguir pintando. Los amigos le ayudaron a conseguir sus materiales. Además, Rember se presentó con galeristas, directores de museos. En verdad quería que lo conocieran.

Las exposiciones aumentaron. Tenía dos o tres al año, individuales y colectivas. Llegaron los viajes y las nuevas ciudades y los países desconocidos y también los premios (ha ganado cuatro: dos de pintura y dos de literatura).

“Rember es, con toda seguridad, el artista indígena que mejor explora o experimenta con más riesgos y lenguajes visuales, y sin perder la esencia de su cultura; más bien enriqueciéndola con las posibilidades que estas técnicas le dan a su arte –le dijo a Diners el pintor Christian Bendayán, uno de los más grandes exponentes del arte amazónico en Perú.

Algunos acusaron a Rember Yahuarcani de haberse traicionado, de renunciar a su identidad huitoto. Pero el pintor entiende que el indígena es un ser complejo, algo más que un objeto de estudio para las ciencias sociales. Un indígena no necesariamente vive alejado y satisfecho con lo poco que tiene. Rember prefiere pensar a los indígenas como sujetos activos, que toman decisiones transformadoras y que comunican por sí mismos sus mensajes.

“Si no me identificara con el lugar de donde vengo, si no supiera quiénes son mis ancestros, sería una persona más perdida en este mundo”.

No recuerda si alguna vez tuvo dudas sobre su identidad, pero si fue así, dice Rember, ahora está completamente seguro: él es huitoto. Esa es su gran ventaja: tener una familia milenaria.

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