Destino, azar y la fragilidad de la vida: Camasca, el regreso de Atahualpa en el Teatro Británico

Daniel Goldman dirige el fascinante montaje de “Camasca”, Diners conversó con él sobre esta puesta en escena que ganó el último concurso de dramaturgia del Teatro Británico.

Cuando solo quedan rocas y fantasmas, Atahualpa se detiene en la cima de Catequil para dar una orden. “¡Allanen este cerro!”, grita con su terno dorado y tintineante. Son rocas de utilería y fantasmas de mentira, pero sobre este escenario se ha construido una historia difícil de allanar en la memoria.

Escrita por Rafael Dumett, “Camasca” se basa en un episodio registrado por el cronista español Sarmiento de Gamboa en el siglo XVI y estudiado por María Rostworowski en su “Historia del Tahuantinsuyo”.

Se trata de la furiosa marcha de Atahualpa hacia la huaca de Catequil para enfrentar al oráculo que vaticinó su final: jamás llegaría a ser Inca. Arrasó con el templo y asesinó al camasca -el sacerdote encargado del culto-, pero las huestes de Francisco Pizarro le demostrarían que eliminar al mensajero no destruye el mensaje.

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El texto de Dumett ganó el Concurso de Dramaturgia Peruana “Ponemos tu obra en Escena” 2018 y el Teatro Británico le encargó la dirección a Daniel Goldman, un artista graduado en Literatura Española y Portuguesa en la Universidad de Cambridge que siguió su pasión por el teatro en la Escuela Andamio 90 de Buenos Aires y en l’École Internationale de Théâtre Jacques Lecoq.

Nunca antes había estado en Perú, pero Goldman se adapta al espacio tanto como al idioma y confiesa que ha sido feliz. Durante los meses que estuvo en Lima no solo trabajó en el montaje de “Camasca”, sino que dictó un taller para jóvenes directores en el Británico e experimentó la historia de una ciudad a pie. Antes de su regreso a Londres, conversamos con él sobre las tablas, el oficio y el azar.

Daniel Goldman, director de Camasca

¿Qué preguntas se hizo cuando leyó la obra?

Acepté dirigirla antes de que fuera seleccionada y la primera pregunta que me hice fue ¿cómo mierda voy a hacer esto? La segunda fue ¿quién era yo para contar esta historia del Perú?, pues soy un inglés que no conocía nada sobre el tema.

Eso me llevó a un diálogo muy serio con el Británico y con Rafael (Dumett), quien me dijo que estaba bien que viniera sin ningún prejuicio sobre el mundo incaico. Al fin y al cabo, la idea era contar quiénes fueron estos personajes a nivel humano. Yo no tenía idea de qué iba a hacer y me gusta decir que cada obra es como un iceberg: el texto representa lo que está afuera y el 90 % restante, que es la parte más profunda, es el trabajo del actor.


La actriz Irene Eyzaguirre interpreta un personaje clave en la historia, escrita por el peruano Rafael Dumett. Cortesía Teatro Británico.


Para usted, ¿cuál era el tema universal de la historia?

Lo que significa ser una persona honesta en un mundo corrupto. Cuáles son las huellas y el legado que dejamos. Qué es el destino, qué es el azar, qué frágil es la vida. Siempre busco dónde está el amor y aquí está en muchos niveles.

Pareciera que la función del oráculo es hacer “malas preguntas”, más que dar respuestas…

Es lo que intentamos hacer. Esperamos que el público se haga “malas preguntas”, que en realidad son buenas preguntas que otros califican como malas. Lo del oráculo fue muy interesante porque, luego del trabajo de investigación, descubrimos que no era una forma de conocer el futuro sino de negociación política, es decir, el sacerdote interpretaba la voz de un dios pero sus respuestas estaban condicionadas: te digo lo que quieres si me das lo que necesito. Era una manera de legitimar cosas, como las encuestas a boca de urna en las elecciones. Por eso, en la obra nadie se espera que la respuesta del sacerdote termine contradiciendo el deseo de Atahualpa.

Hace poco dijo que los medios de comunicación han reemplazado a los oráculos…

Estamos en eso. Ya no importa si algo es verdad o no. Lo que importa es que se diga en los medios y ahora cualquiera puede decir cualquier cosa. Además, es muy difícil encontrar medios independientes que presenten las dos caras de la moneda.

Con la crisis de los medios y la legitimización de las redes sociales, ¿no siente que todos podemos ser oráculos?

Sí. Estamos viviendo en nuestra burbuja y Facebook solo nos muestra lo que nos interesa. Si bien tenemos mayor acceso a la información, es una época narcisista en la que todo es un espejo y el mundo termina en la pantalla de nuestro teléfono. Es un momento complicado. Por eso creo en el teatro, que rompe la cuarta pared y nos habla directamente. Aunque sea por una hora y media, nos permite estar el uno con el otro y ejercitar nuestro pensamiento profundo sin necesidad de ver el celular.


Anaí Padilla e Irene Eyzaguirre en una escena de la obra, que ganó la última edición del Concurso de Dramaturgia Peruana Ponemos tu obra en escena. Cortesía Teatro Británico.


El Atahualpa que han creado en el escenario resulta interesante justamente por eso: representa a todos los que nos resistimos a escuchar algo que no nos gusta…

Es que es muy difícil recibir un punto de vista opuesto, sobre todo cuando creemos que tenemos la razón. Por ejemplo, a mí me cuesta mucho escuchar a una persona racista. Es como si mi cerebro se cerrara y se me hiciera imposible establecer un diálogo. Pero claro, no vamos a conseguir un mundo sin racismo hablando solo con la gente que piensa como nosotros.

Hace poco hice una obra de teatro testimonial en Londres con israelís y palestinos. Salieron dos frases y una la volví a escuchar en Juego de tronos: “no haces la paz con tus amigos, sino con tus enemigos”. La otra tiene que ver con la empatía y la dijo un exsoldado israelí: “para entender al otro tienes que ponerte en sus zapatos. Pero primero tienes que quitarte los tuyos”. Me tocó mucho.

¿Por qué cree que nos cuesta tanto hacer ese ejercicio de empatía?

Nuestra cultura nos dice que somos lo más importante y que podemos hacer cualquier cosa. Todo trata del yo. Es muy difícil escuchar al otro porque sentimos que sería cederle ese lugar de importancia. Para mí, todo el proceso del teatro parte de la escucha y el diálogo.

¿Qué ha aprendido en este proceso de escucha?

Para empezar, he aprendido un montón sobre el mundo incaico. Pero también descubrí que hacer una obra en la que dos actores intercambian sus roles es muy complicado. Es decir, la suerte determina si uno interpreta al sacerdote o es Atahualpa, haciendo que cada noche pueda morir o matar.

Fue una decisión mía que tuvo que ver con que siempre empiezo un montaje por el contenido. En este caso, la obra contenía la idea de la bifurcación: la vida y la muerte, el mundo de arriba y el mundo de abajo, la respuesta positiva o negativa del oráculo. Quería que esa dualidad también estuviera presente en la forma del montaje para que el público pensara en la fragilidad, en el destino y el azar. Aunque nunca volvieran a ver la obra, me gustaría que se preguntaran cómo hubiera sido si a los actores les tocaba el otro papel. Así fuera una elección manipulada, es parte del juego de la obra.


Iván Chávez, Anaí Padilla, Irene Eyzaguirre, Verony Centeno y Marcello Rivera en el Teatro Británico, donde el diseño de la escenografía estuvo a cargo de Eduardo Camino. Cortesía Teatro Británico.


Hay una cuota de humor bastante sutil y siento que eso tuvo que ver con su mirada como director…

Cuando leí el texto por primera vez me pareció casi impenetrable, más allá de que tiene acotaciones imposibles de representar en escena como “cae un rayo del cielo”. Recién en la octava lectura sentí que por fin sabía cómo entrar y quise ser muy fiel a la obra. Utilicé recursos que tienen que ver con la manipulación del público porque hay mucho de tragedia griega y era importante que la gente pudiera relajarse para conectarse con la historia.

¿Hay alguna frase que se le haya quedado grabada?

No es una frase, pero el momento que más me conmueve es cuando Icchal, el sacerdote, es cuestionado por el personaje de Verony Centeno por ser un borracho y estar a cargo de una huaca sin mucha reputación. La escena no dura mucho tiempo y no tiene nada más que dos actores y una luz, pero nos muestra a un adulto explicándole a un niño cómo funciona el mundo desde la verdad.

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