Guía para recorrer el mercado de San Camilo: desde sus historias hasta sus locales

En este recorrido emocional por el mercado más icónico de Arequipa, el documentalista Walter Manrique comparte una historia que mueve el paladar y conmueve el corazón.

La fiesta empieza en la calle que lleva su nombre, donde el movimiento de la gente tiene el ritmo del clima: pausado en la sombra y vertiginoso en el sol. En su interior comienza el encuentro de clientes y caseros, de varias generaciones de familias, de velas votivas, de colores brillantes y olor a santería, de turistas y estibadores, del perfume de los camarones y la textura de las flores, de montañas de queso fresco y cerros de papas, de sombreros de paja e historias mínimas que se vuelven máximas cotidianas de sabiduría popular. El mercado de San Camilo es una fiesta, pero también es una institución.

La historia no tiembla

El mercado se levantó sobre los escombros de una iglesia. Solía organizarse en la plaza de armas de Arequipa, pero el terremoto de 1868 dejó la ciudad en tal estado que debió trasladarse al lugar donde alguna vez estuvo el templo de San Camilo, un espacio en el que se construyó un techo enorme y cuatro fachadas que se abrieron al público el 6 de enero de 1881.

En el documental “Mercado”, ópera prima del arequipeño Walter Manrique, el arquitecto Gonzalo Ríos Vizcarra explica que este edificio es “una planta libre” porque sus columnas circulares solo sostienen el techo. Para él, su valor histórico radica en esa libertad, pues la construcción ha podido adaptarse a los tiempos y al movimiento sísmico.

“Hay muchas interpretaciones sobre su autoría”, añade el especialista en la película. “Incluso, los arequipeños se la atribuyen a los talleres de Gustave Eiffel, lo cual es absolutamente falso porque la cobertura del mercado de San Camilo se inicia en 1910 y la compañía de Eiffel cerró en 1900”. Ríos Vizcarra señala que se trata de una arquitectura industrial (declarada Patrimonio Histórico Monumental en 1987), armada por ingenieros como Cayetano Arenas.


Fotograma del documental ‘Mercado’, en el que Cecilia Pacta Quispe protagoniza uno de los relatos que más conmovió al director, el joven arequipeño Walter Manrique.


Sin embargo, lo más importante es la vida que dicha arquitectura hizo posible. En el mismo documental, el historiador Eusebio Quiroz Paz Soldán afirma que los puestos se transmitieron de una generación a otra y que “el mercado es como la picantería arequipeña: todo el mundo estaba ahí”.

Como declaró el poeta y gestor cultural Alonso Ruiz Rosas en una entrevista al diario El Comercio, “es una joya, muy interesante por la variedad de productos y un espacio muy bonito. La fachada la modificaron de una forma lamentable en los años sesenta. Es el mercado emblemático de la ciudad, ha marcado la vida de Arequipa y merece ser puesto en valor”.

Marca de identidad

Para Walter Manrique todo empezó cuando el elenco en el que trabajaba, Arlequín Teatro, le pidió hacer un cuentacuentos en la sala de lectura infantil que la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa había inaugurado en el segundo piso de San Camilo en el 2016. Él aún era estudiante de Derecho, pero el arte siempre fue lo suyo y se dio cuenta de que el mercado tenía una narrativa que necesitaba contarse. De esta manera empezó a trabajar en un documental que se estrenó en el 2018 y que se ha convertido en el primer proyecto cinematográfico Marca Arequipa.


Fotograma del documental ‘Mercado’, en el que unos niños disfrutan la sala de lectura infantil que la Biblioteca Regional Mario Vargas Llosa inauguró en San Camilo en el 2016.


“Me sorprendió la diversidad en todo sentido. De culturas, de olores, de sensaciones, historias y maneras de entender el espacio”, cuenta. “Hay personas que llegaron cuando tenían cinco años y ahora tienen más de setenta, mientras otras empezaron hace 15 años. Sin embargo, cada una lo considera como una segunda casa y está agradecida porque le ha permitido que sus hijos sean profesionales. No solo es un centro laboral, sino que les da un acercamiento religioso y la posibilidad de compartir otras actividades”.

Por ejemplo, existen alrededor de tres celebraciones religiosas al mes y un pasacalles en el que más de mil trescientos vendedores se organizan para festejar el aniversario del 6 de enero. Además, durante junio ocurre uno de los homenajes más conmovedores a las mujeres de San Camilo, pues el Colegio Nacional de la Independencia Americana acude con su banda de músicos para recordar que ellas salieron a defenderlos durante la histórica huelga de estudiantes de 1950.

Ruta de emoción

Una de las visitas obligadas es El Inter, un pequeño restaurante en los altos del mercado que atiende desde las seis de la mañana hasta la media tarde. En La Higuera, una fantástica plataforma digital que rescata la labor de las mujeres en la cocina peruana, la periodista arequipeña y crítica gastronómica María Elena Cornejo cuenta que este rincón cumplirá 106 años el próximo 13 de agosto y que ha sido regentado por tres generaciones de cocineras.

Hoy continúa bajo la sazón y el afecto de doña Vilma Rivera Black de Samos, quien “nació y morirá ahí, en el mismo lugar donde se enamoró de José (un músico y tapicero que trabajaba al frente e iba todos los días a comer su rachi de panza), donde se casó y tuvo a sus hijos que ahora la ayudan con el puesto. A sus 77 años es la comerciante más antigua del mercado”. María Elena agrega que “muchos ilustres se han sentado en su modesta mesa, desde Vargas Llosa hasta Gastón” para comer el chupe del día, guisos del recetario típico arequipeño y el infaltable adobo.

Para Walter Aparicio, la ruta continuaría en el puesto de queso helado de la señora Rosita Bernal de Vargas, quien cada mañana desde hace cuarenta años, se dedica a hervir leche fresca con canela, clavo y coco rallado para luego colarla, endulzarla, ponerle un poco de vainilla, congelarla y servirla en cualquier estación bajo la misma premisa de todos sus colegas: cariño, sonrisa y “yapa”.

Si se busca una fiesta de colores, el documentalista recomienda la juguería de Silvia López, en la que siempre se pueden escuchar anécdotas divertidas y probar la clásica cuajada arequipeña, una leche coagulada que se sirve con miel de chancaca. Además, sugiere el variado puesto de frutas de la señora Rosalía Samayani, una suerte de altar de tres metros en el que es importante preguntar por el sabor de la temporada. En el verano, por ejemplo, abundan los higos y la papaya arequipeña, mientras que el invierno destaca por sus naranjas y mandarinas.

Walter también aconseja visitar a don Goyo Casso Mamani y a doña Julia Huamaní de Casso, quien se enamoró del comerciante cuando él era su casero y ella su clienta. “Son personas muy amables y sus productos son emblemáticos. Además hay todo tipo de quesos locales, venden chocolates de La Ibérica, alfajorcitos y Anís Nájar”, añade el director.

La historia que más conmovió al autor del documental es la de Cecilia Pacta Quispe, quien conserva un puesto con una deliciosa variedad de papas peruanas.

“Un día trajo una foto antigua del mercado, de esas que venden en la calle y que compró para tener en su casa. Aunque no lo conoció en esa época, ella siente que ha estado aquí toda su vida”, explica. “Para mí, Cecilia representa la esencia de la película y la nostalgia que tienen los trabajadores antiguos por un lugar que ha cambiado pero que sigue siendo igual de importante para ellos. Es el mejor ejemplo de cómo una persona, cuando se vincula con el espacio, mantiene el sentimiento”.

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