Ryszard Jaxa Malachowski, el arquitecto de la memoria

La galería John Harriman del Centro Cultural Peruano Británico acoge una exposición que revela la obra plástica del emblemático arquitecto polaco.

María Malachowski Benavides recorre la galería con una sonrisa y una lupa. Se detiene en el interior de una iglesia construida con óleo, recorre los delicados ornamentos hechos a lápiz que le dan vida a una elevación del Banco Italiano y admira los minuciosos detalles de las ventanas pintadas con acuarela en un corte del Palacio del Louvre. “¡Yo no había visto cuadros así de mi papá!”, le dice a Lucía Pardo Grau, quien es la curadora de la muestra sobre los dibujos, pinturas y apuntes autobiográficos de Ryszard Jaxa Malachowski, pero también es su bisnieta. Por eso, esta exposición no solo es fundamental para la historia de la arquitectura y el arte peruano, sino que posee un valor emocional capaz de inspirar a cualquiera que la visite.


Retrato del arquitecto Malachowski. Su obra plástica puede verse en la galería del Centro Cultural Peruano Británico de Miraflores hasta el 31 de mayo. Foto: Cortesía familia Malachowski.

En un país en el que la memoria suele perderse a falta de gente que la registre y archivos que se conserven, resulta casi una curiosidad que todas las piezas que se encuentran en esta sala pertenezcan a los descendientes del arquitecto Malachowski, muchos de ellos vinculados al arte y al diseño. “Creo que la herencia de mi familia ha sido la cultura de archivo”, explica la curadora. “Siempre hemos conservado los documentos, los álbumes y los objetos porque todos fueron conscientes de que mi bisabuelo había dejado un legado importante”. Para ella, esta exposición fue una oportunidad de darle una narrativa a ese legado y de contar una historia que trascienda los edificios que siguen en pie y las casas que ya no existen.

Odessa- París- Lima

Ryszard Jaxa Malachowski (1887-1972) creció en Prochorowa, una hermosa hacienda poblada de robles, violetas y frambuesas en la que su padre le enseñó a dibujar y él aprendió a querer la naturaleza. Su hogar estaba a sesenta kilómetros de Odessa, que hoy es parte de Ucrania, pero en esa época era territorio polaco y pertenecía al imperio ruso.

Luego de que la Escuela Naval de San Petersburgo lo rechazara por un problema de visión, que al parecer no tenía nada que ver con su daltonismo, estudió en la Escuela Real de Odessa y en 1905 tomó un tren hacia la capital francesa, donde la ebullición de la Belle Époque contrastaba con la pobreza que azotaba Europa. Sin embargo, tal como dijo Gertrude Stein, “París estaba donde estaba el siglo XX… París era el sitio donde había que estar”. Malachowski estuvo ahí, pero también construyó su propio lugar.

En uno de los textos que acompañan la muestra, Ana María Malachowski escribe: “Fue un largo camino entre los estudios de ingeniería y arquitectura para, finalmente, ingresar en el año 1909 a L’École des Beaux Arts luego de un concurso de admisión en el que se presentaron seiscientos cincuenta concursantes de todas las esferas sociales, de los cuales ciento ochenta eran extranjeros venidos de todas partes del mundo que, al igual que él, buscaban conseguir una de las quince vacantes designadas para ellos. Mi abuelo obtuvo el segundo puesto en la calificación general, lo que fue un honor no solo para él, sino también para Polonia, donde los diarios de entonces publicaron la noticia bajo el título: ‘Éxito de un polaco en Francia’”.


Reproducción de una de las páginas de sus álbumes personales, en la que registra el incendio ocurrido en una hacienda familiar de Polonia. Foto: Cortesía familia Malachowski.

Durante su estancia en París se hizo amigo del arquitecto peruano Enrique Bianchi, a quien le ayudó a terminar su tesis de posgrado. Fue él quien lo invitó a conocer Lima, aunque nunca imaginó que hablara tan en serio hasta que recibió una carta suya en julio de 1911. Como recuerda su nieta Ana María, “le anunciaba que el Estado peruano requería contratar a un arquitecto por dos años para las obras que iban a ejecutarse para el Centenario de la Independencia. Poco tiempo después, mi abuelo firmaba el contrato frente al representante de la Legación del Perú en Francia”.

Esos dos años en Lima se convirtieron en toda la vida, pues en 1914 se casó con María Benavides Diez Canseco y tuvieron cinco hijos: Augusto, Malvina, Ricardo, Felipe y María Teresa. En un principio instaló su estudio en la sacristía de la abandonada capilla de Palacio de Gobierno y dividió su tiempo entre los proyectos para el Centenario, la vida familiar y la fundación de la Sección de Arquitectos Constructores de la Escuela de Ingenieros, que con el tiempo sería la Universidad Nacional de Ingeniería.


En esta página de su álbum, Malachowski recuerda el golpe de su concuñado, el general Óscar R. Benavides, con un minucioso dibujo a tinta. Foto: Cortesía familia Malachowski.

Si hubiera que describir su carácter profesional, Lucía Pardo Grau apunta que este sería claro, preciso y con una gran capacidad de adaptación. Por su parte, el destacado arquitecto peruano Héctor Velarde alguna vez aseguró que “Malachowski nos trajo el tono de la Escuela de Bellas de París y determinó el rumbo académico”. Ese tono también se refleja en obras que marcaron la estética de la ciudad, como la remodelación de Palacio de Gobierno, la reconstrucción del Palacio Arzobispal, el Palacio Legislativo, el Club Nacional y la Casa Roosevelt (también conocida como el Edificio Rímac).

Para la curadora, sin embargo, uno de sus principales aportes fue el haber inaugurado una tradición de arquitectos dibujantes que no existía en el Perú, pues la formación estaba más vinculada a la ingeniería y no tenía un enfoque artístico. Al mostrar su obra plástica por primera vez, esta exposición recuerda que la arquitectura no es una disciplina aislada, sino que está íntimamente relacionada con el arte y con la vida cotidiana.

La imagen de la memoria

La sección más emotiva es la reproducción de los álbumes que Malachowski realizó durante los últimos años de su vida y que su familia ha guardado como un tesoro. La cuidada selección de sus páginas muestra una mezcla de novela gráfica, autobiografía y diario personal en las que la técnica se adapta a la imagen y la imagen a la sensibilidad.

Estas imágenes se acompañan con pequeños textos mecanografiados que revelan la agudeza intelectual del arquitecto, pero también su nostalgia y su sentido del humor. Por ejemplo, junto a una multitud dibujada con tinta en una minuciosa escena del centro de Lima, escribe que el 4 de febrero de 1914 ocurrió “una noticia sensacional” porque “el que iba a ser mi concuñado, de aquí a cuatro días, el coronel Oscar R. Benavides, derrocó en la madrugada al presidente Billinghurst”. Por otro lado, revive el incendio de una hacienda familiar en Korsowa con una acuarela tan delicada que hasta el dolor del fuego adquiere un valor estético.


La naturaleza fue muy importante para él. En esta página de su álbum puede verse una acuarela que rinde homenaje al paisaje de Chosica, en las afueras de Lima. Foto: Cortesía familia Malachowski.

En uno de los textos que el visitante recibe al entrar a la galería, el arquitecto Wiley Ludeña Urquizo sostiene que la obra de Malachowski no solo moldeó la identidad del paisaje urbano que hoy conocemos en Lima, una ciudad que más parecía un pueblo con balcones coloniales cuando él llegó de París, sino que “nuestro imaginario nacional en términos de arquitectura se ha nutrido de toda la potencia y sugerente visualidad que irradian sus dibujos”. Como él dice, “los dibujos en arquitectura no sirven para construir la realidad, sino que son en muchos casos la realidad misma que provoca sueños de arquitectura para un país y una ciudad”.


Elevación hecha con lápiz sobre papel manteca del Banco Italiano. Ubicado en el centro de Lima, hoy es la sede del Banco de Crédito del Perú. Foto: Cortesía familia Malachowski.


A medida que la sala se va llenando de estudiantes, curiosos, profesionales, aficionados y familias enteras que han rescatado sus álbumes fotográficos para contar su propia historia en un taller paralelo a la muestra, las imágenes se van transformando en la imaginación del espectador. María Malachowski Benavides decía que su padre siempre estaba dibujando y esta exposición demuestra que sus dibujos no solo fueron una forma de construir y registrar la memoria, sino de compartirla.

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