Es hora de dormir en el cielo

En el epicentro del imperio incaico, todo es posible, incluso pernoctar en la ladera de una montaña y dentro de una cápsula transparente de policarbonato.

No es fácil ganarse al cielo sin realizar dos actos heroicos de nombres precisos: vía ferrata y zip line. Primero hay que llegar al valle del Urubamba, que forma parte del Valle Sagrado de los incas, a poco más de una hora de la ciudad del Cusco, por carretera.

El valle se caracteriza por su prodigiosa agricultura y presume de cosechar el maíz más grande del mundo. Lo atraviesa el río Vilcanota, que al pasar por ahí cambia su nombre por el de Urubamba; se sabe que durante la época incaica, además, era la gran entrada a la selva peruana. Sus paisajes, senderos y montañas son de un gran atractivo, así como su clima.


Cortesía: Skylodge.


Del centro de Urubamba es preciso avanzar veinte minutos más para recalar en Pachar, el pueblo donde se levanta Qunoc, la montaña que cobija el campamento colgante de Ario y Natalia Ferri, batutas de la empresa turística Natura Vive, y la meta.

Ario Ferri, rescatista de montaña e instructor de kayac, inventó el hotel de sus sueños luego de leer y releer libros sobre aventuras espaciales verdaderas. Él mismo tramó y construyó lo que ahora llama módulos de vivienda vertical. Son tres para alojar huéspedes –doce en total- y una plataforma para otros servicios. Cada módulo, que mide ocho metros de largo por 2.60 de alto y ancho, ha sido construido con aluminio aeroespacial y policarbonato de alta resistencia, cuenta con cuatro camas, un comedor y un baño privado.


Cortesía: Skylodge.


A las camas y el baño los divide una pared aislante del ruido y, en este último, hay un inodoro y un lavabo sobre los que se levanta una cúpula de más de un metro de diámetro que se puede cerrar con una cortina lo que, considerando la inexistencia de vecinos, es totalmente innecesaria.

Dentro del módulo hay seis ventanas y cuatro ductos de ventilación que aseguran una atmósfera adecuada. La iluminación es enteramente ecológica debido a paneles fotovoltaicos que permiten almacenar energía en baterías para alimentar cuatro lámparas. La vista de 360 grados, desde el Skylodge, es alucinante.


Cortesía: Skylodge.


Antes de que los viajeros accedan a las alturas, reciben una plática de seguridad de los experimentados guías del equipo. Luego se toma la vía ferrata. ¿De qué se trata esto? Pues, según Ario, es un tipo de ruta para escalar una montaña que con un sistema de seguridad permanentemente instalado brinda a personas, sin ningún tipo de experiencia en escalada y usando un mínimo de equipo, la oportunidad de moverse a través de espectaculares escenarios montañosos.

El escalador está agarrado todo el tiempo a un cable de acero (línea de vida) que recorre la ruta entera –en este caso más de 400 metros- a través de un sistema doble-mosquetón. Se usan escaleras de metal, puentes colgantes e instalaciones similares para el ascenso.


Cortesía: Skylodge.


La vía ferrata es un deporte que se practica en Europa desde hace décadas. Se dice que la primera se instaló en 1843 en Austria, a fin de acceder con mayor seguridad al pico Hoher Dachstein. Más adelante, en la Primera Guerra Mundial, se equiparon senderos con fines militares, para atravesarlos despistando al enemigo en Las Dolomitas, durante la guerra austrohúngara contra Italia. Finalmente, esa vía ferrata, expresión italiana que significa “camino de fierro”, terminó convirtiéndose en sendero deportivo.

De vuelta a Cusco, una vez que los pasajeros llegan a medio ascenso de la montaña Qunoc por la vía ferrata, es necesario seguir por un puente colgante, a la vista sumamente precario pero asaz resistente, para volver a tomar la via ferrata. Pasadas una o dos horas, el tiempo varía de acuerdo al ritmo del grupo de escaladores, se arriba a los módulos. Solo una vez adentro, es posible quitarse el arnés, reclinar la cabeza y, literalmente, volar con la imaginación.


Cortesía: Skylodge.


El trote no es fácil pero es seguro pues los guías están prácticamente detrás de uno. Además, la experiencia en las alturas lo vale todo. Eso sí, no se aceptan viajeros menores de 18 años.

Arriba todo es de lujo, desde las sábanas y frazadas, hasta la comida, la temperatura (nunca menos de diez grados) y, claro, las estrellas y el cielo, siempre abierto.
En el Skylodge uno puede cenar y desayunar en su propia suite o acceder al restaurante: una plataforma colocada sobre una de las tres cabinas. Para ello es obligatorio volver a colocarse el arnés y engancharse al cable o línea de vida.

El restaurante está perfectamente equipado: la cocina funciona con energía solar y está incrustada en la roca. El desayuno es contundente y la comida o cena es de cuatro platos acompañados de vino. Siempre hay lista una propuesta vegetariana para quien la desee.

Luego de un desayuno enérgico, promediando la media mañana, se inicia es descenso a tierra. Este será a través del zip line o tirolesa. Según Natura Vive, una tirolesa consiste de una polea suspendida por cables montados en un declive o inclinación. Se diseñan para que sean impulsados por gravedad y deslizarse desde la parte superior hasta el fondo mediante un cable.


Cortesía: Skylodge.


En este caso se surcan cinco cables de hasta 70 kilómetros por hora. Finalmente, se hace un poco de rapel hasta, por fin, poner nuevamente los pies en tierra firme. El itinerario ideal es de dos días. Natura Vive recoge a los viajeros de su hotel a las 2 de la tarde y a eso de las 4 comienza el ascenso a la montaña. Se pernocta una noche y, al día siguiente, se desciende a partir de las 9 de la mañana.

Es preciso señalar que los pasajeros disponen el modo en el que quieren ascender o descender hasta los módulos, o si quieren combinar ambas alternativas. Y aunque parezca difícil acceder al Skylodge –de hecho no es un camino de algodones- no es de ninguna manera necesaria tener una habilidad previa en actividades iguales o similares.

Lo único que se requiere es, además de un tanto de agallas, muchas ganas de vivir y divertirse. Contemplar el Valle Sagrado de los incas desde las alturas, como los cóndores, es una experiencia no solo inolvidable sino también mágica.

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